Era café amargo.
No supe qué hacer. Era ridículo rechazarlo, cuando yo mismo (sin saber por qué) lo había pedido:
-¿Café amargo? -había dicho la viejecilla.
-Sí, claro -había contestado.
Ni siquiera me gustaba, pero estaba absorto. Probe el café. No percibí sabor alguno. Dejé la taza en la mesa y observé a un grupo de viejos que jugaban dominó. Tal escena me inspiró un poco de ternura.
La viejecilla regresó a la mesa.
-¿Necesitas algo más? -dijo ella.
-No lo creo, aquí hay azúcar, crema, todo; gracias -le respondí. Me sorprendió lo fluido que estaba hablando, normalmente sólo diría un "No, gracias", pero algo me pasaba, sí, desde que había atendido el llamado de la viejecilla.
Había pasado ya muchas veces por ese café. Era antiguo, se notaba. Y entonces cierto día, la viejecilla (dueña del café) me llamó. Y ahora aquí me encontraba, había algo en el café (tanto en el lugar como en la bebida) que me estaba inquietando.
Aún no sabía qué.

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