Los viejos seguían con el dominó.
Sorbí un poco más del café. Aún sin sabor. Bizarro. Totalmente.
La viejecilla me ofreció pan con mermelada. Acepté, y cuando me trajo el plato; le quité a los panes la mermelada porque odio la mermelada de fresa, prefiero la de durazno. Aunque, los duraznos no me gustan como simple fruta y las fresas las adoro con crema y azúcar.
Devoré los panes y bebí más café. ¡Puaj! Ahora sí, el sabor amargo había inundado mi boca.
Llené una cucharita con azúcar y la comí. El sabor del café se disipó levemente.
Me sentí por un momento feliz.
Después un poco desorientado.
Nadie entraba a ese café, y ahora que lo pensaba, los viejos del dominó eran los mismos siempre que pasaba en días anteriores.
Me dio un escalofrió en todo el cuerpo.

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