Pedí la cuenta.
La viejecilla me observó como si algo estuviese mal en mí.
-¿La cuenta? -dijo ella, -aquí nadie paga nada.
Esa respuesta era realmente desconcertante, pero dadas las condiciones, ya no me pareció rara.
-Bien -respondí yo, -entonces gracias por todo; sólo debo irme.
Me encaminé hacia la puerta.
La viejecilla se interpuso.
-¿Irte? No lo creo hijo... aún no tienes a dónde irte, por el momento este es el único lugar donde puedes permanecer.
Era suficiente. Rodée a la viejecilla y cuando estaba a dos pasos de la puerta, los viejos del dominó se me interpusieron.
-No es momento de partir -dijeron al unísono. Eran cinco viejos, de distintas alturas y semblantes.
-¿Qué? Sólo quiero irme, pagaré lo que sea necesario -dije, producto de mi propia desesperación.
Forcejée con los ancianos, y logré apartar a dos. La puerta se despejó. Quise abrirla, pero no pude.
Extrañamente estaba trabada.
Al voltear para ver a los ancianos, el pánico me invadió inmediatamente.

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