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viernes, 6 de agosto de 2010
Las Tazas Rotas
Cuando me dijeron si conocí alguna historia memorable de venganza, se me ocurrió esta. No es sangrienta, pero venganzas ocurren a cada día, minuto a minuto, en mayor o menor grado. Y venganza, a veces, funciona como sinónimo de elegancia.
A mi memoria viene esta historia, que no sabré decir dónde ocurrió, pero por lo que me contaron, sucedió en la época del estropicio:
Doña Antonia y Doña María eran dos señoras de sociedad que alguna vez habían ostentado una posición poderosa gracias a las constantes ganancias de sus maridos que habían pasado a mejor vida desde ya hacía mucho tiempo. Fue así, como esas dos señoras comenzaron un declive impresionante de su capital. Sin embargo, su amistad por conveniencia continuó… una amistad que finalmente, se basaba en la práctica incesante de la hipocresía más pura.
-Definitivamente Lucrecia, esa María no tiene la mínima educación en lo que a etiqueta se refiere… mira que no poner hoy bien el orden correcto de los cubiertos en la ceremonia de los Pollock, no entiendo para que se ofrece de organizadora, si a duras penas con su vida pueda, pobrecita ella, la verdad; tantos viajes que su marido le ha regalado… para que la desdichada siga sufriendo de ignorancia y peque de inculta, pensándolo bien, María no tiene ni la mínima educación en lo que a todo se refiere. Árbol que nace torcido, jamás se endereza, y ella es la prueba viviente de lo que tal dicho nos quiere dejar de enseñanza.
Un monólogo tan exigente como el de Doña Antonia de la Barranca sólo podía variar cuando el maullido de Lucrecia le contestaba sus quejas tan repetidas que hasta a ella, que no entendía mucho del lenguaje humano, le cansaban y le sonaban a pan del mismo trigo.
Sucede algunas veces que hasta en las mejores amistades, ocurre un factor muy interesante y que (hay que aceptarlo) da un poco de sabor a la relación tan idílica que se pretende hacer perdurar para siempre. Ese factor lo llamamos traición, una traición en lo que a amistad se refiere puede tener muchas variantes y exquisitas posibilidades, como revelar los secretos más íntimos que alguna vez dudamos guardarlos, puede ser también la mentira como excusa para evitar alguna salida con tal amigo o tal otro, de igual forma algunos piensan en traición cuando decidimos no ayudar al entrañable en cuestión de algún problema menor. Pero existen traiciones mucho más graves y dolorosas, sobre todo cuando la amistad ya lleva cuajándose durante varios años.
-Ay, querida Antonita. Tú crees que soy una estúpida de primera, pero verás que bien he jugado al papel de tonta por mucho tiempo. Mi vida misma es un engaño, tanto para conmigo misma, como para los demás. Y lo que quieres creer que yo no sé, está tan presente en mí como el gallo tiene el cantar al salir el sol. Vive la vie, mademoiselle! C’est délicieux quand c’est bien plané. Si algo aprendí cuando fui a la bella París es la astucia de algunas damas francesas… tan golfas ellas, tan golfas como tú Antonia. Mosca muerta. Pero de puta no te baja nadie. ¿Qué le cuentas a Lucrecia últimamente? ¿Mis deslices tan obscenos en cuánto a educación y etiqueta se refieren? No me extrañaría, estás perdiendo la chaveta amiguita. Y simplemente, yo daré el empujoncito que hace falta…
Doña María de los Remedios hablaba para sí misma mientras limpiaba un poco el comedor de su casa. Un comedor antiquísimo para más de veinte personas. Siempre lo encontrarías impecable, majestuoso; recuerdo perecedero de lo que alguna vez fue Doña María. ¿Quién lo olvidaría? Si no en vano, toda la ciudad (por pequeña que pudiera parecer) respetaba aún ese nombre.
Habían quedado en casa de Antonia a las dos de la tarde. Al centro de una mesita, una bandeja brillante con una tetera humeante encima, al lado una botella de coñac polvorienta que Doña María llevaba como presente a Doña Antonia.
Ellas están sentadas frente a frente, bebiendo un té tan delicioso que les produce cierto efecto onírico. Sus ojos están fijamente posados en los ojos de la otra. Vigilándose mutuamente. Acechándose.
-Y dime, querida Antonia, cuando fuiste a la bellísima Florencia, ¿Qué fue lo que más te impresionó del Pitti?
-¡Ay, querida! Tú siempre tan letrada… la verdad es que a Florencia sólo fui por unas cosas, la cultura se quedó lejana, y cuánto lo lamento ahora, me han dicho que tiene cosas muy hermosas.
-Sí… cuando fui, mi boca me dolió de tanto abrirla y cerrarla del asombro.
-Y seguramente, de tanto parlotear amiguita.
-Guárdate los rencores para después María, para nada tengo la culpa de tu asombrosa capacidad para repeler la cultura, quizá hasta seas alérgica.
-La alergia la tienes tú, ¡A la decencia! Mira que pasar por todos los Montemagno en Roma no fue exactamente un secreto…
-¡Qué insolencia la tuya! Andrea Montemagno simplemente me pidió dejar a mi marido para reposar en su palacio por el resto de mi vida, y obviamente, me negué con toda la dignidad que poseo, así que mejor será que dejes las habladurías de las gatas que en envidia, se revuelcan.
-La revolcada fue otra querida Antonia… no me digas que con lo guapo que está Andrea no pasaste de visita por su cama…
-¡Cochina indeseable! Sólo te perdono tales injurias porque tú eres mi amiga, pero te recuerdo que provengo de una estirpe muy respetada y muy noble, que en decencia brillamos notablemente; así que no puedo permitirte que me hables así y mucho menos, en mi propia casa.
-Tienes razón, amiga mía, perdóname la ofensa; pero no podrás negar que tuviste varios amoríos con jóvenes y caballeros de alcurnia, como la tuya.
-Eres muy habladora María, pero bien tú sabes que la carne es débil y que yo nunca he hecho nada que no me merezca, vivir bien es una de mis grandes cualidades.
-¡Golfita esta! Y perdón por usar un término tan burlesco, pero puta suena de muy mal gusto…
-¡Atrevida! ¡Desleal! Y mira tú, que de inocente ni pizca, Don Ricardo Fontana me contó lo fogosa que eres cuando estás embriagada…
-¡Jajaja! Un gusto al año no hace daño, pero si a mí Hernán de Bonanza, Pedro Gómez, Laurencio Flores y Don Pedro de Alcatraz me han dejado muy claro lo fría que puede ser una mujer cuando quiere soltase de las riendas y no tiene empacho en desnudarse al primer hombre que le parezca guapo…
-¿Cómo te atreves? Y ¿Cómo se atreven ellos! Sus esposas eran las frías y aburridas.
-¿O sea que yo también fui aburrida y fría?
-¿Qué! ¿Qué quieres decir con… eso?
-Tú bien lo sabes, “amiga”.
Y la mano de Doña María empuja ligera, pero certeramente la botella de coñac hacia el suelo, estrellándose con gran estrépito y salpicando tanto la alfombra persa como el vestido y el sillón de Doña Antonia. Un grito rabioso resuena en el aire, mientras Doña María toma rápidamente una lámpara y la avienta con una sonrisa histérica al licor regado. Las llamas iluminan la estancia y ponen un poco de calor a la antigua casona. Doña Antonia logra quitarse a tiempo, antes de que el vestido se le prenda y se avienta hacia Doña María, quién corre velozmente, esquivándola, hacia la puerta para salir del infierno que ella misma ha provocado. El fuego se extiende rápidamente. Doña Antonia va tras Doña María.
Al estar ya las dos fuera, Doña María tropieza y es cuando suelta la taza de té que aún tenía en su poder sin darse cuenta; ésta rueda por la calle mientras su asa se rompe en trocitos. Doña Antonia grita con más rabia y una llama salta, prendiendo su vestido. Se lo quita en un santiamén y deja caer la taza que aún asía. La casona está ya en llamas totalmente.
La taza cae y se parte en dos pedazos. Los vecinos salen para ver qué sucede, mientras la casona se va derrumbando lentamente, del vestido no quedan cenizas y Doña María grita victoriosa y radiante:
“¡Por puta y por arrabalera te quedaste con sólo dos tazas rotas!”
lunes, 26 de julio de 2010
Simple
La lluvia caía ligera sobre la ciénaga, pero ya había caído por mucho tiempo.
sábado, 24 de julio de 2010
Hace tiempo que te quiero
miércoles, 23 de junio de 2010
Cuando la lluvia se termine
En el pavimento hirviente caía la primera gota de lluvia. Rápidamente se evaporó, pero más gotas comenzaron a llenar de manchas el suelo que ardía después del calor de mediodía.
La gente que estaba afuera corrió a refugiarse en sus casas; cerrando ventanas si la lluvia caía con más fuerza, había otros que metían la ropa tendida en sus patios. Las calles comenzaron a vaciarse y en las casas se buscaba algo qué hacer. Prendieron la tele, algunos hasta hicieron palomitas. Muy pocos abrieron algún libro y menos de esos pocos lo leyeron.
Conchita vio a través de la ventana de la cocina la lluvia que caía y al suelo ansioso por recibir las gotas. Cerró las cortinas y prendió la estufa. Prepararía un café de olla, para ella y para su viejo: Antonio Galán. Alguna vez, hace muchos años, el hombre le hizo honor a su apellido; ahora, los achaques de la edad, de la embriaguez y de tantas otras cosas le habían robado el porte y la guapura que había dejado a más de una enamorada en el pueblo costeño, aquél donde había crecido.
Antonio estaba medio sentado, medio recostado en el sillón y pensaba en cómo había conocido a Conchita y cómo después de muchos años por fin había aprendido a quererla. A ser agradecido. Porque él había amado a Juana, la puta del pueblo, esa que se acostaba con cualquiera que le regalara unas joyas o la llevara a la ciudad al cine, al café… adonde fuese. Y eso le gustaba a él: su espíritu aventurero, su carente sentido de moralidad, su rebeldía, la pasión que derrochaba al coger y su indiferencia ante quienes la ofendían. Fácil, resbalosa, zorra, prostituta, puta, mala mujer, cuzca y hasta satánica, eran palabras que a diario recibía Juana, pero poco le importaban; Antonio rió un poco al pensar que él también se había tirado a más de la mitad de las pueblerinas, pero a él no le decían nada, él era el más macho del pueblo. Cómo podría olvidar el ritmo que llevaban las caderas de Juana cuando, después del cine, se la llevaba a un hotel… Se estaba desviando. Estaba evocando a Juana y su cuerpo casi perfecto, cuando quería recordar a Conchita. Al verla en la estufa y a pesar de su cuerpo de anciana, panzona y jorobada, la deseó más que a ninguna otra mujer. Comprendió que era lógico pensar en Juana, de ella nunca supo más desde la última vez que visitó su pueblo. A Conchita la veía a diario.
Conchita dejó la olla en la estufa y se fue a sentar con su esposo.
-En un rato está el café.
Antonio asintió y la abrazó. En la tele, pasaban una película con Pedro Infante, la única que ambos disfrutaban.
-Conchita…
-¿Mande?
-No, este, nada.
Había querido decirle que la amaba, nunca se lo había dicho; los únicos “te amo” que habían salido de su boca en toda su vida había sido para su hija y para Juana, la puta de Juana.
-Si me ibas a decir de ir al seguro mañana, sí me acuerdo.
Su voz ya sonaba cansada. A Antonio le gustaba recordarla muy parlanchina, con esa voz que le atraía tanto, pero luego borraba el recuerdo porque en ese entonces no la amaba aún. Conchita tomó el control de la tele y subió el volumen, la lluvia había arreciado y no la dejaba escuchar la película. Cuando ésta se fue a comerciales, Conchita se levantó y fue a la cocina. Regresó con dos tazas llenas de café negro, le dio la suya a Antonio y se volvió a sentar.
Antonio le dio un sorbo y después de que le quemara la lengua y la garganta, comenzó a hablar.
-¿Recuerdas que tú siempre me acusabas de engañarte con la comadre Isabel y yo te decía que estabas loca y que no era cierto? Pues no era cierto, pero tampoco estabas loca, sí te engañaba, pero con Lorena, la maestra.
Conchito sólo volteó a verlo seriamente, no dijo nada. Dejó su taza en la mesita de la sala y se acomodó mejor en el sillón con sus brazos cruzados.
-Bueno, sólo quería decirte eso y que sí me arrepiento, porque después de todo, sí te amo Conchita y por eso… te pido perdón.
La lluvia golpeaba con más fuerza afuera.
-Antonio, no te perdono, pero no te preocupes, yo sabía, no soy pendeja, pero lo que fue ya pasó… ahora cállate que ya se acabaron los comerciales.
El viejo obedeció y bebió otro sorbo caliente del café. Cuando la película se hubo acabado, las dos tazas estaban vacías y los dos permanecieron en silencio.
Afuera, la última gota de lluvia caía sobre el pavimento, ahora ahogado de tanta agua. Los niños comenzaron a salir de sus casas y brincaban sobre los charcos, el sol brillaba dando sus últimos rayos del día ya que pronto oscurecería.
Conchita se acostó lentamente en el sillón y más enérgica que nunca le dijo a Antonio:
-Si realmente me amas ahora, hazme entonces por primera vez el amor, aquí y ahora mismo.