En el pavimento hirviente caía la primera gota de lluvia. Rápidamente se evaporó, pero más gotas comenzaron a llenar de manchas el suelo que ardía después del calor de mediodía.
La gente que estaba afuera corrió a refugiarse en sus casas; cerrando ventanas si la lluvia caía con más fuerza, había otros que metían la ropa tendida en sus patios. Las calles comenzaron a vaciarse y en las casas se buscaba algo qué hacer. Prendieron la tele, algunos hasta hicieron palomitas. Muy pocos abrieron algún libro y menos de esos pocos lo leyeron.
Conchita vio a través de la ventana de la cocina la lluvia que caía y al suelo ansioso por recibir las gotas. Cerró las cortinas y prendió la estufa. Prepararía un café de olla, para ella y para su viejo: Antonio Galán. Alguna vez, hace muchos años, el hombre le hizo honor a su apellido; ahora, los achaques de la edad, de la embriaguez y de tantas otras cosas le habían robado el porte y la guapura que había dejado a más de una enamorada en el pueblo costeño, aquél donde había crecido.
Antonio estaba medio sentado, medio recostado en el sillón y pensaba en cómo había conocido a Conchita y cómo después de muchos años por fin había aprendido a quererla. A ser agradecido. Porque él había amado a Juana, la puta del pueblo, esa que se acostaba con cualquiera que le regalara unas joyas o la llevara a la ciudad al cine, al café… adonde fuese. Y eso le gustaba a él: su espíritu aventurero, su carente sentido de moralidad, su rebeldía, la pasión que derrochaba al coger y su indiferencia ante quienes la ofendían. Fácil, resbalosa, zorra, prostituta, puta, mala mujer, cuzca y hasta satánica, eran palabras que a diario recibía Juana, pero poco le importaban; Antonio rió un poco al pensar que él también se había tirado a más de la mitad de las pueblerinas, pero a él no le decían nada, él era el más macho del pueblo. Cómo podría olvidar el ritmo que llevaban las caderas de Juana cuando, después del cine, se la llevaba a un hotel… Se estaba desviando. Estaba evocando a Juana y su cuerpo casi perfecto, cuando quería recordar a Conchita. Al verla en la estufa y a pesar de su cuerpo de anciana, panzona y jorobada, la deseó más que a ninguna otra mujer. Comprendió que era lógico pensar en Juana, de ella nunca supo más desde la última vez que visitó su pueblo. A Conchita la veía a diario.
Conchita dejó la olla en la estufa y se fue a sentar con su esposo.
-En un rato está el café.
Antonio asintió y la abrazó. En la tele, pasaban una película con Pedro Infante, la única que ambos disfrutaban.
-Conchita…
-¿Mande?
-No, este, nada.
Había querido decirle que la amaba, nunca se lo había dicho; los únicos “te amo” que habían salido de su boca en toda su vida había sido para su hija y para Juana, la puta de Juana.
-Si me ibas a decir de ir al seguro mañana, sí me acuerdo.
Su voz ya sonaba cansada. A Antonio le gustaba recordarla muy parlanchina, con esa voz que le atraía tanto, pero luego borraba el recuerdo porque en ese entonces no la amaba aún. Conchita tomó el control de la tele y subió el volumen, la lluvia había arreciado y no la dejaba escuchar la película. Cuando ésta se fue a comerciales, Conchita se levantó y fue a la cocina. Regresó con dos tazas llenas de café negro, le dio la suya a Antonio y se volvió a sentar.
Antonio le dio un sorbo y después de que le quemara la lengua y la garganta, comenzó a hablar.
-¿Recuerdas que tú siempre me acusabas de engañarte con la comadre Isabel y yo te decía que estabas loca y que no era cierto? Pues no era cierto, pero tampoco estabas loca, sí te engañaba, pero con Lorena, la maestra.
Conchito sólo volteó a verlo seriamente, no dijo nada. Dejó su taza en la mesita de la sala y se acomodó mejor en el sillón con sus brazos cruzados.
-Bueno, sólo quería decirte eso y que sí me arrepiento, porque después de todo, sí te amo Conchita y por eso… te pido perdón.
La lluvia golpeaba con más fuerza afuera.
-Antonio, no te perdono, pero no te preocupes, yo sabía, no soy pendeja, pero lo que fue ya pasó… ahora cállate que ya se acabaron los comerciales.
El viejo obedeció y bebió otro sorbo caliente del café. Cuando la película se hubo acabado, las dos tazas estaban vacías y los dos permanecieron en silencio.
Afuera, la última gota de lluvia caía sobre el pavimento, ahora ahogado de tanta agua. Los niños comenzaron a salir de sus casas y brincaban sobre los charcos, el sol brillaba dando sus últimos rayos del día ya que pronto oscurecería.
Conchita se acostó lentamente en el sillón y más enérgica que nunca le dijo a Antonio:
-Si realmente me amas ahora, hazme entonces por primera vez el amor, aquí y ahora mismo.
4 comentarios:
Muy bien Andrés me agrado tu historia, es muy original y creativa. Tiene mucho talento y si te gusta escribir pues a trabajar duro entonces. Vas por buen camino y espero poder disfrutar de una nueva historia muy pronto hecha le ganas. Un saludo de tu amigo y ahora fan alonso
Hola bueno me presento mi nombre es Diana Abdi, soy amiga de tu primo Cesár, y me llegaron los links de tu blog en el twitter x alguna razón, en verdad todavia no lo comprendo, pero en fin lei tus posts y me parecieron muy bueno, la verdad es que yo tambien me dedico a escribir (aunque en mi blog no hay cosas tan buenas, o buenas por que estoy metida en la escuela y no me da mucho tiempo de trancribirlas, a leer y a hacer criticas.
Pienso que tu historia es muy buena, es bastanate descriptiva, y con un muy tema, que aveces es un tanto dificil de abordar.
Solo te recomiendo que dejes un poco más ala imaginación del lector algunas cosas o circunstancias, como el final de la historia.
Me gustaria leer más de tus historias, los post que lei tambien son muy buenos, y las recomendaciones de siempre de los escritore, lee mucho y no dejes de escribir.
Atte:
Diana Abdi
(en twitter: @Abdi_Higurashi x si gustas seguirme ñ_ñ)
Hola Andres
Jee !!
Fue buena esa lectura, un poco chusca pero me gusto jeje....
y pues puedes mejorar aun mas
pero vas muy bien jejeje
cuidate !!!
bn...muuuy bn sigue asi me parece muy bno...llegaras a cosas muy bnas felicidades¡¡¡¡
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