A pesar de la cercanía, la sentía distante. Y quizá, ella que siempre fue indómita, no estaba ahí, sino allá. Ni aquí, ni allá. Yo estaba sentado, comenzaba a sentir la incomodidad del miembro erecto. Lucía, tu cuerpo parecía llamarme. Ese vestido, ese azul, cómo le sentaba. Apenas veía su cara; sus labios pintados de ese carmesí; carmesí hospitalario, carmesí caluroso.
Veía su cuerpo y creía verlo desnudo, húmedo de sudor junto al mío... No podría acercarme, no podría palparla, no la despertaría, no me atrevería a tocarla. Juntaba mis rodillas pues el calor entre mis piernas se volvía insoportable.
Sorbí del café, las galletas se me habían terminado. La ansiedad por recostarme junto a ella me devoraba, esos labios parecían iluminar la estancia. El sudor me escurría, movía los muslos; abría y cerraba las piernas. Despierta, anda, despiértate ya y obsérvame aquí sentado. Después escaparemos, al jardín, al patio, junto a la fuente, observando nubes irrisorias en los cielos del color de tu vestido. Tu mano, mi mano, dedos entrelazados. Levántate y anda Lucía.
Muerdo mis uñas, la frente sudorosa, el bulto inadmisible. Contenerme es absurdo, me levanto y dejo el café en la silla. Camino nerviosamente, acercándome a la figura de Lucía. Más cerca, me acerco más. Ahí está ella, recostada, el carmesí, el azul cielo; los ojos lozanos, escondidos tras esos párpados tan frágiles. No puedo más y me encimo a ella. La beso, la abrazo, beso su cuerpo. Gritos de horror, me restriego contra ella; me pierdo, no despierta. Gritos, gritos, sollozos, lágrimas, gargantas resecas, todo parece difuso. Restriego mi cuerpo contra el suyo, unas manos me sujetan. Quieren arrancarme de ella, me abrazo a ella. Mi cabeza contra sus senos, el aroma del vestido, su piel pálida, más manos me jalan. Escucho más gritos, ¡Cállense! ¿No ven que mi amada ya descansa?