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jueves, 24 de febrero de 2011

Lontananza.

Atisbé la forma redonda de sus pechos, casi podía sentirlos bajo ese vestido color azul cielo que llevaba puesto. Era una imagen milagrosa, su hermosura resplandecía aún ahí, quieta; sin esa risa de dientes amarillentos, pero perfectos. Sentí muy claro, eso sí, la erección debajo del pantalón negro.

A pesar de la cercanía, la sentía distante. Y quizá, ella que siempre fue indómita, no estaba ahí, sino allá. Ni aquí, ni allá. Yo estaba sentado, comenzaba a sentir la incomodidad del miembro erecto. Lucía, tu cuerpo parecía llamarme. Ese vestido, ese azul, cómo le sentaba. Apenas veía su cara; sus labios pintados de ese carmesí; carmesí hospitalario, carmesí caluroso.

Veía su cuerpo y creía verlo desnudo, húmedo de sudor junto al mío... No podría acercarme, no podría palparla, no la despertaría, no me atrevería a tocarla. Juntaba mis rodillas pues el calor entre mis piernas se volvía insoportable.

Sorbí del café, las galletas se me habían terminado. La ansiedad por recostarme junto a ella me devoraba, esos labios parecían iluminar la estancia. El sudor me escurría, movía los muslos; abría y cerraba las piernas. Despierta, anda, despiértate ya y obsérvame aquí sentado. Después escaparemos, al jardín, al patio, junto a la fuente, observando nubes irrisorias en los cielos del color de tu vestido. Tu mano, mi mano, dedos entrelazados. Levántate y anda Lucía.

Muerdo mis uñas, la frente sudorosa, el bulto inadmisible. Contenerme es absurdo, me levanto y dejo el café en la silla. Camino nerviosamente, acercándome a la figura de Lucía. Más cerca, me acerco más. Ahí está ella, recostada, el carmesí, el azul cielo; los ojos lozanos, escondidos tras esos párpados tan frágiles. No puedo más y me encimo a ella. La beso, la abrazo, beso su cuerpo. Gritos de horror, me restriego contra ella; me pierdo, no despierta. Gritos, gritos, sollozos, lágrimas, gargantas resecas, todo parece difuso. Restriego mi cuerpo contra el suyo, unas manos me sujetan. Quieren arrancarme de ella, me abrazo a ella. Mi cabeza contra sus senos, el aroma del vestido, su piel pálida, más manos me jalan. Escucho más gritos, ¡Cállense! ¿No ven que mi amada ya descansa?

1 comentario:

Taciturno Saudade dijo...

Me ha parecido bonísimo, creo que mayor profundidad en la descripción de ella y de tus reacciones a través de metáforas le darían una profundidad muy sensual.

Yo te invito a visitar el mi blog que comienzo apenas. http://taciturnosaudade-mizliyin.blogspot.com/