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jueves, 11 de junio de 2009

Nociones -Parte 5- (Epílogo)

Cuando observé las caras de los viejos; tenían una mirada distinta. Su cara se empezó a deformar, al igual que la viejecilla.
Todos se acercaron hacia mí, al mismo tiempo.
-¡Aléjense! -grité lo más fuerte que pude, -¡No se acerquen! ¿Qué son ustedes? ¡Atrás! ¡Atrás!
Estaba totalmente repegado a la puerta. Quería abrirla. NECESITABA abrirla. Pero nada sucedía.
La viejecilla repetía: "Aún no tienes que irte, aún no". Esa voz inundaba todos los rincones de mi cabeza. Me retumbaba cada palabra.
Y entonces, voltée hacia la calle, para ver si alguien pasaba para pedirle ayuda. Nadie pasaba, pero entonces, un poco más atrás vi una ambulancia, un tumulto, patrullas y comencé a escuchar las sirenas; el alboroto.
Fue entonces cuando comence a reconstruir los hechos.
Yo estaba caminando por la banqueta.
Y antes de pasar por el café, escuché unos rechinidos de llantas; sonidos de claxón. Después como que me dolió el cuerpo. Pero nada.
Seguí caminando y fue entonces que la viejecilla me llamó al café.
Y en ese recuerdo estaba, cuando ví mi cuerpo por un hueco que hizo la gente. Tirado sobre la banqueta; cubierto de sangre. Con paramédicos alrededor de mí. Me intentaban reanimar.
Quedé inmóvil, sin habla.
La viejecilla me dijo: "Ahora lo entiendes todo, ¿Cierto?"
Y sí. Estaba entre la vida y la muerte. En ese café.
Desée con todas mis fuerzas que todo acabara. Que me muriera o que me salvará, pero no estar en esa incertidumbre.
Me senté ahí, en el piso, y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Los viejos se sentaron a jugar dominó.
La viejecilla llegó hasta mí.
-No te preocupes -dijo ella, -tú saldrás pronto, o eso creo.
-¿Y ustedes? -sonaba desesperado, -¿Por qué siguen aquí? ¿Qué hacen aquí? Desde hace tiempo los veo... a ellos, jugando, a usted, sirviendo el café. ¡Explíqueme!
La viejecilla torció una sonrisa.
-Yo estoy a cargo de esto, cuido a quiénes todavía no se mueren, pero tampoco están vivos, no son todos los del mundo, por supuesto; son los que me toquen, los que estén cerca -la viejecilla sonaba seria, -ellos, los viejos, han estado aquí largo tiempo porque están en hospitales, pero no mueren.
Entonces sentí unas opresiones en el pecho y comence a ver borroso el lugar y las personas. La viejecilla se despidió con la mano.
Sentí como si algo me tragara, un zumbido estridente retumbó en mis oídos; comencé a ver un torbellino de imágenes.
Y una imagen se detuvo en mis ojos: la cara de un señor con cubreboca. La opresión en el pecho fue más grande. Unas personas que veían la escena sonrieron. Me subieron a la ambulancia. Todo empezaba a tomar sentido.

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Días después caminaba por donde todo sucedió. Una camioneta había perdido el control sobre la avenida y casi choca con un coche pequeño. El coche esquivo el impacto, pero yo no lo hice. La camioneta se estampó contra un árbol, atrás de mí. El árbol frenó un poco la camioneta pero ésta dobló el árbol, que me golpeó fuertemente la nuca y la espalda. La camioneta me pegó muy poco.
Ahora que caminaba por el mismo rumbo, me quedé impresionado; el local de café en realidad era un terreno lleno de escombros y basura.
Y es que, si lo pensaba bien, cada vez que pasaba y observaba al local con los viejos, en realidad había estado al borde de la muerte: un vidrio de una ventana que cayó un poco más adelante de mí; cuando me tropecé y un señor evitó que me golpeara en el suelo... a veces, no prestaba atención realmente a ese terreno: unos días café, otros simples escombros. Sonreí y me sentí muy afortunado; pero ese era mi camino diario y algo en mí me decía que no iba a ser la última vez que viera a la viejecilla que servía el café, que no era la última vez que perdiera la noción de tiempo y espacio.

FIN

1 comentario:

Maury McFly dijo...

Ah está padre!! muy bien relatada y escrita, el final obvio es lo mejor!!