Era café amargo.
No supe qué hacer. Era ridículo rechazarlo, cuando yo mismo (sin saber por qué) lo había pedido:
-¿Café amargo? -había dicho la viejecilla.
-Sí, claro -había contestado.
Ni siquiera me gustaba, pero estaba absorto. Probe el café. No percibí sabor alguno. Dejé la taza en la mesa y observé a un grupo de viejos que jugaban dominó. Tal escena me inspiró un poco de ternura.
La viejecilla regresó a la mesa.
-¿Necesitas algo más? -dijo ella.
-No lo creo, aquí hay azúcar, crema, todo; gracias -le respondí. Me sorprendió lo fluido que estaba hablando, normalmente sólo diría un "No, gracias", pero algo me pasaba, sí, desde que había atendido el llamado de la viejecilla.
Había pasado ya muchas veces por ese café. Era antiguo, se notaba. Y entonces cierto día, la viejecilla (dueña del café) me llamó. Y ahora aquí me encontraba, había algo en el café (tanto en el lugar como en la bebida) que me estaba inquietando.
Aún no sabía qué.
No supe qué hacer. Era ridículo rechazarlo, cuando yo mismo (sin saber por qué) lo había pedido:
-¿Café amargo? -había dicho la viejecilla.
-Sí, claro -había contestado.
Ni siquiera me gustaba, pero estaba absorto. Probe el café. No percibí sabor alguno. Dejé la taza en la mesa y observé a un grupo de viejos que jugaban dominó. Tal escena me inspiró un poco de ternura.
La viejecilla regresó a la mesa.
-¿Necesitas algo más? -dijo ella.
-No lo creo, aquí hay azúcar, crema, todo; gracias -le respondí. Me sorprendió lo fluido que estaba hablando, normalmente sólo diría un "No, gracias", pero algo me pasaba, sí, desde que había atendido el llamado de la viejecilla.
Había pasado ya muchas veces por ese café. Era antiguo, se notaba. Y entonces cierto día, la viejecilla (dueña del café) me llamó. Y ahora aquí me encontraba, había algo en el café (tanto en el lugar como en la bebida) que me estaba inquietando.
Aún no sabía qué.
Los viejos seguían con el dominó.
Sorbí un poco más del café. Aún sin sabor. Raro. Totalmente.
La viejecilla me ofreció pan con mermelada. Acepté, y cuando me trajo el plato; le quité a los panes la mermelada porque odio la mermelada de fresa, prefiero la de durazno. Aunque, los duraznos no me gustan como simple fruta y las fresas las adoro con crema y azúcar.
Devoré los panes y bebí más café. ¡Puaj! Ahora sí, el sabor amargo había inundado mi boca.
Llené una cucharita con azúcar y la comí. El sabor del café se disipó levemente.
Me sentí por un momento feliz.
Después un poco desorientado.
Nadie entraba a ese café, y ahora que lo pensaba, los viejos del dominó eran los mismos siempre que pasaba en días anteriores.
Me dio un escalofrió en todo el cuerpo.
Sorbí un poco más del café. Aún sin sabor. Raro. Totalmente.
La viejecilla me ofreció pan con mermelada. Acepté, y cuando me trajo el plato; le quité a los panes la mermelada porque odio la mermelada de fresa, prefiero la de durazno. Aunque, los duraznos no me gustan como simple fruta y las fresas las adoro con crema y azúcar.
Devoré los panes y bebí más café. ¡Puaj! Ahora sí, el sabor amargo había inundado mi boca.
Llené una cucharita con azúcar y la comí. El sabor del café se disipó levemente.
Me sentí por un momento feliz.
Después un poco desorientado.
Nadie entraba a ese café, y ahora que lo pensaba, los viejos del dominó eran los mismos siempre que pasaba en días anteriores.
Me dio un escalofrió en todo el cuerpo.
Tiré el café sobre la mesa y lo hice parecer un accidente. Me pareció que la viejecilla se enfadó un poco cuando le dije de mi percance; pero de inmediato sonrió ampliamente y me dijo que no me preocupase.
No conté con esto: la viejecilla me sirvió de nuevo café.
-Ya no es amargo -comenzó la viejecilla, -es sólo café con leche; el amargo se acabó. Los chicos del dominó terminaron con él, es su preferido.
Pensé que esa era una buena noticia y la oportunidad perfecta para beber el café y salir del local cuanto antes fuese posible.
En serio, algo me inquietaba.
Los viejos del dominó parecían no verme; desde que yo había entrado sólo habían alzado un poco la vista.
Bebí el café. Sin sabor. No entendía eso.
Bueno, en realidad entendí poco hasta ese momento.
No conté con esto: la viejecilla me sirvió de nuevo café.
-Ya no es amargo -comenzó la viejecilla, -es sólo café con leche; el amargo se acabó. Los chicos del dominó terminaron con él, es su preferido.
Pensé que esa era una buena noticia y la oportunidad perfecta para beber el café y salir del local cuanto antes fuese posible.
En serio, algo me inquietaba.
Los viejos del dominó parecían no verme; desde que yo había entrado sólo habían alzado un poco la vista.
Bebí el café. Sin sabor. No entendía eso.
Bueno, en realidad entendí poco hasta ese momento.
Pedí la cuenta.
La viejecilla me observó como si algo estuviese mal en mí.
-¿La cuenta? -dijo ella, -aquí nadie paga nada.
Esa respuesta era realmente desconcertante, pero dadas las condiciones, ya no me pareció rara.
-Bien -respondí yo, -entonces gracias por todo; sólo debo irme.
Me encaminé hacia la puerta.
La viejecilla se interpuso.
-¿Irte? No lo creo hijo... aún no tienes a dónde irte, por el momento este es el único lugar donde puedes permanecer.
Era suficiente. Rodée a la viejecilla y cuando estaba a dos pasos de la puerta, los viejos del dominó se me interpusieron.
-No es momento de partir -dijeron al unísono. Eran cinco viejos, de distintas alturas y semblantes.
-¿Qué? Sólo quiero irme, pagaré lo que sea necesario -dije, producto de mi propia desesperación.
Forcejée con los ancianos, y logré apartar a dos. La puerta se despejó. Quise abrirla, pero no pude.
Extrañamente estaba trabada.
Al voltear para ver a los ancianos, el pánico me invadió inmediatamente.
La viejecilla me observó como si algo estuviese mal en mí.
-¿La cuenta? -dijo ella, -aquí nadie paga nada.
Esa respuesta era realmente desconcertante, pero dadas las condiciones, ya no me pareció rara.
-Bien -respondí yo, -entonces gracias por todo; sólo debo irme.
Me encaminé hacia la puerta.
La viejecilla se interpuso.
-¿Irte? No lo creo hijo... aún no tienes a dónde irte, por el momento este es el único lugar donde puedes permanecer.
Era suficiente. Rodée a la viejecilla y cuando estaba a dos pasos de la puerta, los viejos del dominó se me interpusieron.
-No es momento de partir -dijeron al unísono. Eran cinco viejos, de distintas alturas y semblantes.
-¿Qué? Sólo quiero irme, pagaré lo que sea necesario -dije, producto de mi propia desesperación.
Forcejée con los ancianos, y logré apartar a dos. La puerta se despejó. Quise abrirla, pero no pude.
Extrañamente estaba trabada.
Al voltear para ver a los ancianos, el pánico me invadió inmediatamente.
Cuando observé las caras de los viejos; tenían una mirada distinta. Su cara se empezó a deformar, al igual que la viejecilla.
Todos se acercaron hacia mí, al mismo tiempo.
-¡Aléjense! -grité lo más fuerte que pude, -¡No se acerquen! ¿Qué son ustedes? ¡Atrás! ¡Atrás!
Estaba totalmente repegado a la puerta. Quería abrirla. NECESITABA abrirla. Pero nada sucedía.
La viejecilla repetía: "Aún no tienes que irte, aún no". Esa voz inundaba todos los rincones de mi cabeza. Me retumbaba cada palabra.
Y entonces, voltée hacia la calle, para ver si alguien pasaba para pedirle ayuda. Nadie pasaba, pero entonces, un poco más atrás vi una ambulancia, un tumulto, patrullas y comencé a escuchar las sirenas; el alboroto.
Fue entonces cuando comence a reconstruir los hechos.
Yo estaba caminando por la banqueta.
Y antes de pasar por el café, escuché unos rechinidos de llantas; sonidos de claxón. Después como que me dolió el cuerpo. Pero nada.
Seguí caminando y fue entonces que la viejecilla me llamó al café.
Y en ese recuerdo estaba, cuando ví mi cuerpo por un hueco que hizo la gente. Tirado sobre la banqueta; cubierto de sangre. Con paramédicos alrededor de mí. Me intentaban reanimar.
Quedé inmóvil, sin habla.
La viejecilla me dijo: "Ahora lo entiendes todo, ¿Cierto?"
Y sí. Estaba entre la vida y la muerte. En ese café.
Desée con todas mis fuerzas que todo acabara. Que me muriera o que me salvará, pero no estar en esa incertidumbre.
Me senté ahí, en el piso, y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Los viejos se sentaron a jugar dominó.
La viejecilla llegó hasta mí.
-No te preocupes -dijo ella, -tú saldrás pronto, o eso creo.
-¿Y ustedes? -sonaba desesperado, -¿Por qué siguen aquí? ¿Qué hacen aquí? Desde hace tiempo los veo... a ellos, jugando, a usted, sirviendo el café. ¡Explíqueme!
La viejecilla torció una sonrisa.
-Yo estoy a cargo de esto, cuido a quiénes todavía no se mueren, pero tampoco están vivos, no son todos los del mundo, por supuesto; son los que me toquen, los que estén cerca -la viejecilla sonaba seria, -ellos, los viejos, han estado aquí largo tiempo porque están en hospitales, pero no mueren.
Entonces sentí unas opresiones en el pecho y comence a ver borroso el lugar y las personas. La viejecilla se despidió con la mano.
Sentí como si algo me tragara, un zumbido estridente retumbó en mis oídos; comencé a ver un torbellino de imágenes.
Y una imagen se detuvo en mis ojos: la cara de un señor con cubreboca. La opresión en el pecho fue más grande. Unas personas que veían la escena sonrieron. Me subieron a la ambulancia. Todo empezaba a tomar sentido.
Ahora que caminaba por el mismo rumbo, me quedé impresionado; el local de café en realidad era un terreno lleno de escombros y basura.
Y es que, si lo pensaba bien, cada vez que pasaba y observaba al local con los viejos, en realidad había estado al borde de la muerte: un vidrio de una ventana que cayó un poco más adelante de mí; cuando me tropecé y un señor evitó que me golpeara en el suelo... a veces, no prestaba atención realmente a ese terreno: unos días café, otros simples escombros. Sonreí y me sentí muy afortunado; pero ese era mi camino diario y algo en mí me decía que no iba a ser la última vez que viera a la viejecilla que servía el café, que no era la última vez que perdiera la noción de tiempo y espacio.
Todos se acercaron hacia mí, al mismo tiempo.
-¡Aléjense! -grité lo más fuerte que pude, -¡No se acerquen! ¿Qué son ustedes? ¡Atrás! ¡Atrás!
Estaba totalmente repegado a la puerta. Quería abrirla. NECESITABA abrirla. Pero nada sucedía.
La viejecilla repetía: "Aún no tienes que irte, aún no". Esa voz inundaba todos los rincones de mi cabeza. Me retumbaba cada palabra.
Y entonces, voltée hacia la calle, para ver si alguien pasaba para pedirle ayuda. Nadie pasaba, pero entonces, un poco más atrás vi una ambulancia, un tumulto, patrullas y comencé a escuchar las sirenas; el alboroto.
Fue entonces cuando comence a reconstruir los hechos.
Yo estaba caminando por la banqueta.
Y antes de pasar por el café, escuché unos rechinidos de llantas; sonidos de claxón. Después como que me dolió el cuerpo. Pero nada.
Seguí caminando y fue entonces que la viejecilla me llamó al café.
Y en ese recuerdo estaba, cuando ví mi cuerpo por un hueco que hizo la gente. Tirado sobre la banqueta; cubierto de sangre. Con paramédicos alrededor de mí. Me intentaban reanimar.
Quedé inmóvil, sin habla.
La viejecilla me dijo: "Ahora lo entiendes todo, ¿Cierto?"
Y sí. Estaba entre la vida y la muerte. En ese café.
Desée con todas mis fuerzas que todo acabara. Que me muriera o que me salvará, pero no estar en esa incertidumbre.
Me senté ahí, en el piso, y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Los viejos se sentaron a jugar dominó.
La viejecilla llegó hasta mí.
-No te preocupes -dijo ella, -tú saldrás pronto, o eso creo.
-¿Y ustedes? -sonaba desesperado, -¿Por qué siguen aquí? ¿Qué hacen aquí? Desde hace tiempo los veo... a ellos, jugando, a usted, sirviendo el café. ¡Explíqueme!
La viejecilla torció una sonrisa.
-Yo estoy a cargo de esto, cuido a quiénes todavía no se mueren, pero tampoco están vivos, no son todos los del mundo, por supuesto; son los que me toquen, los que estén cerca -la viejecilla sonaba seria, -ellos, los viejos, han estado aquí largo tiempo porque están en hospitales, pero no mueren.
Entonces sentí unas opresiones en el pecho y comence a ver borroso el lugar y las personas. La viejecilla se despidió con la mano.
Sentí como si algo me tragara, un zumbido estridente retumbó en mis oídos; comencé a ver un torbellino de imágenes.
Y una imagen se detuvo en mis ojos: la cara de un señor con cubreboca. La opresión en el pecho fue más grande. Unas personas que veían la escena sonrieron. Me subieron a la ambulancia. Todo empezaba a tomar sentido.
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Días después caminaba por donde todo sucedió. Una camioneta había perdido el control sobre la avenida y casi choca con un coche pequeño. El coche esquivo el impacto, pero yo no lo hice. La camioneta se estampó contra un árbol, atrás de mí. El árbol frenó un poco la camioneta pero ésta dobló el árbol, que me golpeó fuertemente la nuca y la espalda. La camioneta me pegó muy poco.Ahora que caminaba por el mismo rumbo, me quedé impresionado; el local de café en realidad era un terreno lleno de escombros y basura.
Y es que, si lo pensaba bien, cada vez que pasaba y observaba al local con los viejos, en realidad había estado al borde de la muerte: un vidrio de una ventana que cayó un poco más adelante de mí; cuando me tropecé y un señor evitó que me golpeara en el suelo... a veces, no prestaba atención realmente a ese terreno: unos días café, otros simples escombros. Sonreí y me sentí muy afortunado; pero ese era mi camino diario y algo en mí me decía que no iba a ser la última vez que viera a la viejecilla que servía el café, que no era la última vez que perdiera la noción de tiempo y espacio.
2 comentarios:
Andrés это прекрасно ^_^, me recuerda un sueño que tuve, morí en él y llegué al cielo; pudo haber sido el infierno. Cuando desperté, estaba asustado, para calmar mi nerviosidad, tomé un lápiz y llevé a papel con lujo de detalle todo el sueño. ¿Lo soñaste o lo sacaste de la pluma? прекрасно.
Saludos
Edmundo
Me parece que falta trabajo en el uso de los signos de puntuación, hay varios momentos donde crean pausas muy grandes, que van tan acorde con lo que se está contando.
Por otro lado siento que termina siendo un poco confuso la manera en que se entrelazan pensamientos muy personales del narrador con las descripciones de las situaciones.
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