NO QUISIERA RECORDAR el suceso, pero definitivamente es de lo más escalofriante que me ha sucedido. Asimismo, resulta completamente inexplicable, al menos de manera lógica, lo que pasó aquella tarde de abril.
Bajé del vagón de metro entre todo el tumulto sudoroso, era una hora de mucha afluencia en estaciones y tenía que pasar de una línea a otra para llegar a mi destino. Me encontraba en Chabacano, caminé entonces con dirección a la línea café desde la línea verde. Había muchísima gente y apenas y podíamos avanzar entre tantos.
Soy muy observador, me gusta fijarme en pequeños detalles que otros ignoran e incluso disfruto grabar en mi memoria los rostros de las personas. Así, hay veces en las que puedo hasta reconocer a alguien en el metro que vi mucho tiempo atrás; es divertido. Antes de bajarme en Chabacano, había observado con atención la gente del mismo vagón en el que iba. Recuerdo todos los rostros de ellos. Fue así que pude notar en un hombre –moreno, alto, delgado y desgarbado- su extraño semblante, entre fastidio y excitación, entre enojo y alegría. No presté más atención para entonces.
Ahora bien, el señor del semblante raro venía un poco atrás de mí cuando estábamos caminando a la línea café. Parecíamos una procesión, lenta y enorme. Nadie podría saber qué pasaría… éramos una masa cansina y acalorada que si avanzaba era producto de un milagro.
Fue entonces que se sintió un leve temblor en la estación y todos quedamos inmóviles al mismo tiempo que un grito horrible, infrahumano, se apoderó de nuestros oídos. Volteé, con los vellos erizados, y descubrí que el grito provenía del señor con el semblante extraño. Estaba ahí, parado entre la multitud con los brazos extendidos apuntando al techo y la boca completamente abierta; de una forma que superaba lo que cualquier humano podría ser capaz de abrirla.
Ninguno de nosotros entendía qué pasaba y quedamos inmóviles, nuestras manos tapando los oídos. Aun así, el grito penetraba e invadía nuestra mente. El hombre comenzó a avanzar y en el momento en que alguien se cruzaba en su camino, éste salía disparado al mínimo roce con el hombre quien seguía su camino decididamente. El grito continuaba y yo temblaba de miedo, varias personas salían disparadas mientras el hombre se abría paso entre la gente. Al mismo tiempo me encontraba expectante.
Pasó justo a mi lado. Fui de lo más prudente y logré que no me tocara, por lo que no salí disparado. Había gente en el suelo, entre aventados y desmayados, y nadie se movía. No recuerdo, quizá verdaderamente fuimos incapaces de movernos a causa del terrible y cada vez más agudo grito del extraño.
El hombre continuó avanzando hasta llegar a las vías. Se tiró sin más a éstas. De repente, muchos corrieron a verlo. El grito continuaba, cada vez más penetrante, más doloroso y terrorífico.
El tren venía ya, hubo gritos de horror y el desconcierto reinaba en los rostros humanos. El grito se agudizó al acercarse más el tren. De la máquina naranja se escuchó un claxon apremiante. El hombre siguió en las vías, parado y con la boca abierta.
A pesar de que el tren frenó, pegó directamente al hombre. Cientos de gritos se escucharon en la estación. Cerré los ojos y escuché un golpe duro y muy fuerte. Metal contra carne, quizá.
Cuando abrí los ojos, el grito había cesado. Lo que vi aún trato de procesarlo. No es posible explicar qué sucedió o el porqué. Frente a mí, estaba el tren naranja completamente abollado de la parte delantera, el conductor parecía estar desmayado o muerto. Del otro lado de la estación, esperando el vagón muy tranquilamente, se hallaba el hombre del grito.
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