Siempre los observé con algo de recelo. Me acuerdo cuando llegaron, casi al crepúsculo; una camioneta grande y un coche mediano solamente. Supe que eran extranjeros desde el momento en que comenzaron a bajar sus cosas y se hablaban en una lengua extraña; su aspecto también resaltaba.
No me fiaba de ellos, ¿quién iba a hacerlo? No le hablaban a nadie de la calle, salían pocas veces y los hijos no iban a ninguna escuela, parecían tener profesores privados. Si salían a jugar era con su madre; ambos, niño y niña, jugaban entre ellos por las mañanas. Lo supe un día que no fui a la escuela y observé cómo salían sigilosamente y se dirigían a un parque cercano, vacío casi siempre a la hora que ellos iban. Nunca le dije a mamá cuánto disfrutaba espiarlos, es más, ni siquiera le confesé alguna vez que los vigilaba.
No me fiaba de ellos porque tenían costumbres completamente ajenas a las de nosotros. Quizá por eso estaban solos. Nunca intentaron hablarle a nadie de la calle, ni ninguno de nosotros a ellos porque eran raros. El padre, sabía Dios en qué trabajaría; se iba temprano y regresaba casi a las diez de la noche. De lunes a viernes. Sábado y domingo, los pasaban juntos, fuese en casa o en algún lugar al que salían.
Y no me fiaba de ellos pues, porque hablaban cosas que no entendíamos; llegué a veces a fantasear con la idea de que eran criminales, prófugos de la justicia de algún país muy lejano. Además, me parecía muy soberbio que no hablaran en español; cuando cumplieron el año viviendo en la casa violácea de la esquina, seguían sin utilizar el español, o al menos siempre los oía hablarse en ese idioma tan extraño.
En fin, yo no soy gente chismosa ni nunca lo he sido, pero todo esto viene porque recuerdo que alguna vez...
Había yo salido a la banqueta, era una tarde veraniega, el sol brillaba y hacía que el verdor de los pastos resplandeciera en nuestra calle. Estaba sentado tomando un jugo de manzana muy frío para refrescarme, mientras esperaba la llegada de abuelita; pues ella me agradaba mucho y le tenía un cariño desmesurado, era recíproco. Quizá tendría unos doce, trece años a lo mucho. Me fui acercando pues, de sentón en sentón, a la casa de los extranjeros; quedaba a tres casas de la mía. Así llegué casi a su banqueta y seguí sorbiendo mi jugo. Sorpresivamente, en el momento en que dejé de recorrerme, la puerta se abrió y salieron la mamá y el hijo. Me quedé helado mientras se acercaban un poco más a la banqueta, quedaron a menos de veinte centímetros de mí; yo sorbía mi jugo con más vehemencia. De algún modo, me sentía completamente aterrado.
Entonces, el niño habló:
-Shtoya pakupayu? -preguntó a su madre.
Fue cuando se me ocurrió volver mi mirada hacia ellos. El niño, quizá un poco más grande que yo, veía fijamente a su mamá. La madre, entonces, volteó sus ojos hacia mí. Me quedé helado, me miraba con escrutinio, como si yo fuera el extraño. Y así, con sus ojos puestos sobre los míos, dijo calmadamente:
-Aguriets misha, aguriets.
No aguanté entonces su mirada penetrante, solté el jugo y corrí con el popote aún en mi boca hacia casa. Dentro, corrí a mi habitación lleno de terror. ¡Me había maldecido! Eso pensé de forma instantánea, no sólo eran criminales, ¡también eran brujos! ¡Bien podrían ser demonios! Me lancé a mi cama boca abajo, cerré los ojos y estuve así por varios minutos tratando de borrar la mirada, incesante en mi cabeza, de la madre. Me quedé dormido. Aún hoy, recuerdo bien haber soñado con esos ojos tan negros, tan grandes y me parecía escuchar su voz aún.... “aguriets misha, aguriets”.
Cuando desperté, sudoroso, abuelita ya había llegado y eso me calmó un poco. Comimos juntos y después lavé los trastes. Abuelita me contó una historia que yo ya me sabía pero adoraba escucharla de su propia boca. A pesar de que me estaba divirtiendo, de repente, me llegaba a la cabeza la voz de la madre “aguriets misha, aguriets” . Me estremecía un poco cuando eso pasaba.
Al siguiente día, abuelita me mandó a comprar unos dulces. Salí y crucé la calle, caminé por otra perpendicular a la nuestra y llegué a la tienda de Yola. Cuando entré, temblé un poco, ahí estaba la hija extranjera. No habló con Yola, simplemente tomó un paquete de pan, un cartón de jugo y una mantequilla en bote. Después le extendió un billete a Yola y ésta le dio el cambio.
Yo aún no podía avanzar más allá de la entrada de la tienda, estaba realmente asustado. Parecía como si su madre estuviera junto a mí repitiendo una y otra vez “aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. La niña recibió el cambio. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. La niña tomó las cosas y caminó hacia mí. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets, misha, aguriets”. Mis dientes temblaron. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. Pasó junto a mí para salir y sus ojos se posaron en los míos. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. Cuando sonrió, aún con esos ojos iguales a los de la madre fijos en mí, y me dijo “hola”, fue ahí cuando grité desquiciadamente y corrí hasta llegar a casa.
1 comentario:
Boooring... So boring.
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