Creative Commons License
я люблю читать by andrUk is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-Sin obras derivadas 2.5 México License.

miércoles, 23 de junio de 2010

Cuando la lluvia se termine

En el pavimento hirviente caía la primera gota de lluvia. Rápidamente se evaporó, pero más gotas comenzaron a llenar de manchas el suelo que ardía después del calor de mediodía.

La gente que estaba afuera corrió a refugiarse en sus casas; cerrando ventanas si la lluvia caía con más fuerza, había otros que metían la ropa tendida en sus patios. Las calles comenzaron a vaciarse y en las casas se buscaba algo qué hacer. Prendieron la tele, algunos hasta hicieron palomitas. Muy pocos abrieron algún libro y menos de esos pocos lo leyeron.

Conchita vio a través de la ventana de la cocina la lluvia que caía y al suelo ansioso por recibir las gotas. Cerró las cortinas y prendió la estufa. Prepararía un café de olla, para ella y para su viejo: Antonio Galán. Alguna vez, hace muchos años, el hombre le hizo honor a su apellido; ahora, los achaques de la edad, de la embriaguez y de tantas otras cosas le habían robado el porte y la guapura que había dejado a más de una enamorada en el pueblo costeño, aquél donde había crecido.

Antonio estaba medio sentado, medio recostado en el sillón y pensaba en cómo había conocido a Conchita y cómo después de muchos años por fin había aprendido a quererla. A ser agradecido. Porque él había amado a Juana, la puta del pueblo, esa que se acostaba con cualquiera que le regalara unas joyas o la llevara a la ciudad al cine, al café… adonde fuese. Y eso le gustaba a él: su espíritu aventurero, su carente sentido de moralidad, su rebeldía, la pasión que derrochaba al coger y su indiferencia ante quienes la ofendían. Fácil, resbalosa, zorra, prostituta, puta, mala mujer, cuzca y hasta satánica, eran palabras que a diario recibía Juana, pero poco le importaban; Antonio rió un poco al pensar que él también se había tirado a más de la mitad de las pueblerinas, pero a él no le decían nada, él era el más macho del pueblo. Cómo podría olvidar el ritmo que llevaban las caderas de Juana cuando, después del cine, se la llevaba a un hotel… Se estaba desviando. Estaba evocando a Juana y su cuerpo casi perfecto, cuando quería recordar a Conchita. Al verla en la estufa y a pesar de su cuerpo de anciana, panzona y jorobada, la deseó más que a ninguna otra mujer. Comprendió que era lógico pensar en Juana, de ella nunca supo más desde la última vez que visitó su pueblo. A Conchita la veía a diario.

Conchita dejó la olla en la estufa y se fue a sentar con su esposo.

-En un rato está el café.

Antonio asintió y la abrazó. En la tele, pasaban una película con Pedro Infante, la única que ambos disfrutaban.

-Conchita…

-¿Mande?

-No, este, nada.

Había querido decirle que la amaba, nunca se lo había dicho; los únicos “te amo” que habían salido de su boca en toda su vida había sido para su hija y para Juana, la puta de Juana.

-Si me ibas a decir de ir al seguro mañana, sí me acuerdo.

Su voz ya sonaba cansada. A Antonio le gustaba recordarla muy parlanchina, con esa voz que le atraía tanto, pero luego borraba el recuerdo porque en ese entonces no la amaba aún. Conchita tomó el control de la tele y subió el volumen, la lluvia había arreciado y no la dejaba escuchar la película. Cuando ésta se fue a comerciales, Conchita se levantó y fue a la cocina. Regresó con dos tazas llenas de café negro, le dio la suya a Antonio y se volvió a sentar.

Antonio le dio un sorbo y después de que le quemara la lengua y la garganta, comenzó a hablar.

-¿Recuerdas que tú siempre me acusabas de engañarte con la comadre Isabel y yo te decía que estabas loca y que no era cierto? Pues no era cierto, pero tampoco estabas loca, sí te engañaba, pero con Lorena, la maestra.

Conchito sólo volteó a verlo seriamente, no dijo nada. Dejó su taza en la mesita de la sala y se acomodó mejor en el sillón con sus brazos cruzados.

-Bueno, sólo quería decirte eso y que sí me arrepiento, porque después de todo, sí te amo Conchita y por eso… te pido perdón.

La lluvia golpeaba con más fuerza afuera.

-Antonio, no te perdono, pero no te preocupes, yo sabía, no soy pendeja, pero lo que fue ya pasó… ahora cállate que ya se acabaron los comerciales.

El viejo obedeció y bebió otro sorbo caliente del café. Cuando la película se hubo acabado, las dos tazas estaban vacías y los dos permanecieron en silencio.

Afuera, la última gota de lluvia caía sobre el pavimento, ahora ahogado de tanta agua. Los niños comenzaron a salir de sus casas y brincaban sobre los charcos, el sol brillaba dando sus últimos rayos del día ya que pronto oscurecería.

Conchita se acostó lentamente en el sillón y más enérgica que nunca le dijo a Antonio:

-Si realmente me amas ahora, hazme entonces por primera vez el amor, aquí y ahora mismo.

jueves, 11 de junio de 2009

Nociones -Parte 5- (Epílogo)

Cuando observé las caras de los viejos; tenían una mirada distinta. Su cara se empezó a deformar, al igual que la viejecilla.
Todos se acercaron hacia mí, al mismo tiempo.
-¡Aléjense! -grité lo más fuerte que pude, -¡No se acerquen! ¿Qué son ustedes? ¡Atrás! ¡Atrás!
Estaba totalmente repegado a la puerta. Quería abrirla. NECESITABA abrirla. Pero nada sucedía.
La viejecilla repetía: "Aún no tienes que irte, aún no". Esa voz inundaba todos los rincones de mi cabeza. Me retumbaba cada palabra.
Y entonces, voltée hacia la calle, para ver si alguien pasaba para pedirle ayuda. Nadie pasaba, pero entonces, un poco más atrás vi una ambulancia, un tumulto, patrullas y comencé a escuchar las sirenas; el alboroto.
Fue entonces cuando comence a reconstruir los hechos.
Yo estaba caminando por la banqueta.
Y antes de pasar por el café, escuché unos rechinidos de llantas; sonidos de claxón. Después como que me dolió el cuerpo. Pero nada.
Seguí caminando y fue entonces que la viejecilla me llamó al café.
Y en ese recuerdo estaba, cuando ví mi cuerpo por un hueco que hizo la gente. Tirado sobre la banqueta; cubierto de sangre. Con paramédicos alrededor de mí. Me intentaban reanimar.
Quedé inmóvil, sin habla.
La viejecilla me dijo: "Ahora lo entiendes todo, ¿Cierto?"
Y sí. Estaba entre la vida y la muerte. En ese café.
Desée con todas mis fuerzas que todo acabara. Que me muriera o que me salvará, pero no estar en esa incertidumbre.
Me senté ahí, en el piso, y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Los viejos se sentaron a jugar dominó.
La viejecilla llegó hasta mí.
-No te preocupes -dijo ella, -tú saldrás pronto, o eso creo.
-¿Y ustedes? -sonaba desesperado, -¿Por qué siguen aquí? ¿Qué hacen aquí? Desde hace tiempo los veo... a ellos, jugando, a usted, sirviendo el café. ¡Explíqueme!
La viejecilla torció una sonrisa.
-Yo estoy a cargo de esto, cuido a quiénes todavía no se mueren, pero tampoco están vivos, no son todos los del mundo, por supuesto; son los que me toquen, los que estén cerca -la viejecilla sonaba seria, -ellos, los viejos, han estado aquí largo tiempo porque están en hospitales, pero no mueren.
Entonces sentí unas opresiones en el pecho y comence a ver borroso el lugar y las personas. La viejecilla se despidió con la mano.
Sentí como si algo me tragara, un zumbido estridente retumbó en mis oídos; comencé a ver un torbellino de imágenes.
Y una imagen se detuvo en mis ojos: la cara de un señor con cubreboca. La opresión en el pecho fue más grande. Unas personas que veían la escena sonrieron. Me subieron a la ambulancia. Todo empezaba a tomar sentido.

-----------------------------------

Días después caminaba por donde todo sucedió. Una camioneta había perdido el control sobre la avenida y casi choca con un coche pequeño. El coche esquivo el impacto, pero yo no lo hice. La camioneta se estampó contra un árbol, atrás de mí. El árbol frenó un poco la camioneta pero ésta dobló el árbol, que me golpeó fuertemente la nuca y la espalda. La camioneta me pegó muy poco.
Ahora que caminaba por el mismo rumbo, me quedé impresionado; el local de café en realidad era un terreno lleno de escombros y basura.
Y es que, si lo pensaba bien, cada vez que pasaba y observaba al local con los viejos, en realidad había estado al borde de la muerte: un vidrio de una ventana que cayó un poco más adelante de mí; cuando me tropecé y un señor evitó que me golpeara en el suelo... a veces, no prestaba atención realmente a ese terreno: unos días café, otros simples escombros. Sonreí y me sentí muy afortunado; pero ese era mi camino diario y algo en mí me decía que no iba a ser la última vez que viera a la viejecilla que servía el café, que no era la última vez que perdiera la noción de tiempo y espacio.

FIN

miércoles, 10 de junio de 2009

Nociones -Parte 4-

Pedí la cuenta.
La viejecilla me observó como si algo estuviese mal en mí.
-¿La cuenta? -dijo ella, -aquí nadie paga nada.
Esa respuesta era realmente desconcertante, pero dadas las condiciones, ya no me pareció rara.
-Bien -respondí yo, -entonces gracias por todo; sólo debo irme.
Me encaminé hacia la puerta.
La viejecilla se interpuso.
-¿Irte? No lo creo hijo... aún no tienes a dónde irte, por el momento este es el único lugar donde puedes permanecer.
Era suficiente. Rodée a la viejecilla y cuando estaba a dos pasos de la puerta, los viejos del dominó se me interpusieron.
-No es momento de partir -dijeron al unísono. Eran cinco viejos, de distintas alturas y semblantes.
-¿Qué? Sólo quiero irme, pagaré lo que sea necesario -dije, producto de mi propia desesperación.
Forcejée con los ancianos, y logré apartar a dos. La puerta se despejó. Quise abrirla, pero no pude.
Extrañamente estaba trabada.
Al voltear para ver a los ancianos, el pánico me invadió inmediatamente.

Nociones -Parte 3-

Tiré el café sobre la mesa y lo hice parecer un accidente. Me pareció que la viejecilla se enfadó un poco cuando le dije de mi percance; pero inmediatamente sonrió ampliamente y me dijo que no me preocupase.
No conté con esto: la viejecilla me sirvió de nuevo café.
-Ya no es amargo -comenzó la viejecilla, -es sólo café con leche; el amargo se acabó. Los chicos del dominó terminaron con él, es su preferido.
Pensé que esa era una buena noticia y la oportunidad perfecta para beber el café y salir del local cuanto antes fuese posible.
En serio, algo me inquietaba.
Los viejos del dominó parecían no verme; desde que yo había entrado sólo habían alzado un poco la vista.
Bebí el café. Sin sabor. No entendía eso.
Bueno, en realidad entendí poco hasta ese momento.

lunes, 8 de junio de 2009

Nociones -Parte 2-

Los viejos seguían con el dominó.
Sorbí un poco más del café. Aún sin sabor. Bizarro. Totalmente.
La viejecilla me ofreció pan con mermelada. Acepté, y cuando me trajo el plato; le quité a los panes la mermelada porque odio la mermelada de fresa, prefiero la de durazno. Aunque, los duraznos no me gustan como simple fruta y las fresas las adoro con crema y azúcar.
Devoré los panes y bebí más café. ¡Puaj! Ahora sí, el sabor amargo había inundado mi boca.
Llené una cucharita con azúcar y la comí. El sabor del café se disipó levemente.
Me sentí por un momento feliz.
Después un poco desorientado.
Nadie entraba a ese café, y ahora que lo pensaba, los viejos del dominó eran los mismos siempre que pasaba en días anteriores.
Me dio un escalofrió en todo el cuerpo.

domingo, 7 de junio de 2009

Nociones -Parte 1-

Era café amargo.
No supe qué hacer. Era ridículo rechazarlo, cuando yo mismo (sin saber por qué) lo había pedido:
-¿Café amargo? -había dicho la viejecilla.
-Sí, claro -había contestado.
Ni siquiera me gustaba, pero estaba absorto. Probe el café. No percibí sabor alguno. Dejé la taza en la mesa y observé a un grupo de viejos que jugaban dominó. Tal escena me inspiró un poco de ternura.
La viejecilla regresó a la mesa.
-¿Necesitas algo más? -dijo ella.
-No lo creo, aquí hay azúcar, crema, todo; gracias -le respondí. Me sorprendió lo fluido que estaba hablando, normalmente sólo diría un "No, gracias", pero algo me pasaba, sí, desde que había atendido el llamado de la viejecilla.
Había pasado ya muchas veces por ese café. Era antiguo, se notaba. Y entonces cierto día, la viejecilla (dueña del café) me llamó. Y ahora aquí me encontraba, había algo en el café (tanto en el lugar como en la bebida) que me estaba inquietando.
Aún no sabía qué.