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viernes, 15 de abril de 2011

The Gift

The ball that came from the sky wasn’t really huge, but the children saw it really big. I guess that points of view change while we’re growing up. Sometimes is difficult to understand kids. But I understand them and it mustn’t be something difficult. Because, believe it or not, we all were kids (except for Trunchbull).

The ball fell into grandma’s house. Luckily she wasn’t home, so she wasn’t harmed. Kids gathered around the house, which was pretty damaged (not as my grandma, she was safe). I went to see the destruction by myself, I had heard rumors of an enormous green ball with blue spots falling from above and injuring my grandma. But she was safe, and when I knew it I felt relieved.

The ball wasn’t that giant. Although, yeah, it was big if we compare it with other common balls. Now the question was: where did it come from?

The adults started to answer with “logical” responses. That it fell from an airplane, that it was thrown by some machine by mistake. Things like that… but none of their answers convinced the children. Adrian thought it was an alien’s toy. Dita thought the ball was like a sh** of some unknown bird (s*** was a word that she learned from her older brother, Ethan). Daniel thought that as he liked a lot balls, some she-ball had heard of him and fell in love with him; so she had came right away from Ballville to find him. Daniel was kissing the ball at the time firefighters came.

Everyone tried to find an explanation for such an event. My grandma arrived some minutes later and she smiled at her destroyed home. The entire town there (except for the kids) thought she had gone crazy already.

Firefighters didn’t mind on looking for an explanation, they just took off the big big ball and went away. The people started to go to their houses. Kids were really sad, I noticed it in their faces. They already had thought what they were going to do with the ball.

But the saddest person there was Melinda, my grandma. I went with her.

“What’s wrong granny?” I asked her silently. She just waved her head. “Why did you smile?”

I had a single answer: “When I was a kid, I dreamed of a really big ball, I wanted to see the biggest ball on Earth. I really wanted that. And now I saw it, I’m just a little sad I couldn’t play with it, but that wasn’t my dream, I just wanted to see it.”

That night was grandma’s last night. We buried her with a smile in her face.

viernes, 8 de abril de 2011

El lado opuesto.

NO QUISIERA RECORDAR el suceso, pero definitivamente es de lo más escalofriante que me ha sucedido. Asimismo, resulta completamente inexplicable, al menos de manera lógica, lo que pasó aquella tarde de abril.

Bajé del vagón de metro entre todo el tumulto sudoroso, era una hora de mucha afluencia en estaciones y tenía que pasar de una línea a otra para llegar a mi destino. Me encontraba en Chabacano, caminé entonces con dirección a la línea café desde la línea verde. Había muchísima gente y apenas y podíamos avanzar entre tantos.

Soy muy observador, me gusta fijarme en pequeños detalles que otros ignoran e incluso disfruto grabar en mi memoria los rostros de las personas. Así, hay veces en las que puedo hasta reconocer a alguien en el metro que vi mucho tiempo atrás; es divertido. Antes de bajarme en Chabacano, había observado con atención la gente del mismo vagón en el que iba. Recuerdo todos los rostros de ellos. Fue así que pude notar en un hombre –moreno, alto, delgado y desgarbado- su extraño semblante, entre fastidio y excitación, entre enojo y alegría. No presté más atención para entonces.

Ahora bien, el señor del semblante raro venía un poco atrás de mí cuando estábamos caminando a la línea café. Parecíamos una procesión, lenta y enorme. Nadie podría saber qué pasaría… éramos una masa cansina y acalorada que si avanzaba era producto de un milagro.

Fue entonces que se sintió un leve temblor en la estación y todos quedamos inmóviles al mismo tiempo que un grito horrible, infrahumano, se apoderó de nuestros oídos. Volteé, con los vellos erizados, y descubrí que el grito provenía del señor con el semblante extraño. Estaba ahí, parado entre la multitud con los brazos extendidos apuntando al techo y la boca completamente abierta; de una forma que superaba lo que cualquier humano podría ser capaz de abrirla.

Ninguno de nosotros entendía qué pasaba y quedamos inmóviles, nuestras manos tapando los oídos. Aun así, el grito penetraba e invadía nuestra mente. El hombre comenzó a avanzar y en el momento en que alguien se cruzaba en su camino, éste salía disparado al mínimo roce con el hombre quien seguía su camino decididamente. El grito continuaba y yo temblaba de miedo, varias personas salían disparadas mientras el hombre se abría paso entre la gente. Al mismo tiempo me encontraba expectante.

Pasó justo a mi lado. Fui de lo más prudente y logré que no me tocara, por lo que no salí disparado. Había gente en el suelo, entre aventados y desmayados, y nadie se movía. No recuerdo, quizá verdaderamente fuimos incapaces de movernos a causa del terrible y cada vez más agudo grito del extraño.

El hombre continuó avanzando hasta llegar a las vías. Se tiró sin más a éstas. De repente, muchos corrieron a verlo. El grito continuaba, cada vez más penetrante, más doloroso y terrorífico.

El tren venía ya, hubo gritos de horror y el desconcierto reinaba en los rostros humanos. El grito se agudizó al acercarse más el tren. De la máquina naranja se escuchó un claxon apremiante. El hombre siguió en las vías, parado y con la boca abierta.

A pesar de que el tren frenó, pegó directamente al hombre. Cientos de gritos se escucharon en la estación. Cerré los ojos y escuché un golpe duro y muy fuerte. Metal contra carne, quizá.

Cuando abrí los ojos, el grito había cesado. Lo que vi aún trato de procesarlo. No es posible explicar qué sucedió o el porqué. Frente a mí, estaba el tren naranja completamente abollado de la parte delantera, el conductor parecía estar desmayado o muerto. Del otro lado de la estación, esperando el vagón muy tranquilamente, se hallaba el hombre del grito.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Xenofobia.

Siempre los observé con algo de recelo. Me acuerdo cuando llegaron, casi al crepúsculo; una camioneta grande y un coche mediano solamente. Supe que eran extranjeros desde el momento en que comenzaron a bajar sus cosas y se hablaban en una lengua extraña; su aspecto también resaltaba.

No me fiaba de ellos, ¿quién iba a hacerlo? No le hablaban a nadie de la calle, salían pocas veces y los hijos no iban a ninguna escuela, parecían tener profesores privados. Si salían a jugar era con su madre; ambos, niño y niña, jugaban entre ellos por las mañanas. Lo supe un día que no fui a la escuela y observé cómo salían sigilosamente y se dirigían a un parque cercano, vacío casi siempre a la hora que ellos iban. Nunca le dije a mamá cuánto disfrutaba espiarlos, es más, ni siquiera le confesé alguna vez que los vigilaba.

No me fiaba de ellos porque tenían costumbres completamente ajenas a las de nosotros. Quizá por eso estaban solos. Nunca intentaron hablarle a nadie de la calle, ni ninguno de nosotros a ellos porque eran raros. El padre, sabía Dios en qué trabajaría; se iba temprano y regresaba casi a las diez de la noche. De lunes a viernes. Sábado y domingo, los pasaban juntos, fuese en casa o en algún lugar al que salían.

Y no me fiaba de ellos pues, porque hablaban cosas que no entendíamos; llegué a veces a fantasear con la idea de que eran criminales, prófugos de la justicia de algún país muy lejano. Además, me parecía muy soberbio que no hablaran en español; cuando cumplieron el año viviendo en la casa violácea de la esquina, seguían sin utilizar el español, o al menos siempre los oía hablarse en ese idioma tan extraño.

En fin, yo no soy gente chismosa ni nunca lo he sido, pero todo esto viene porque recuerdo que alguna vez...

Había yo salido a la banqueta, era una tarde veraniega, el sol brillaba y hacía que el verdor de los pastos resplandeciera en nuestra calle. Estaba sentado tomando un jugo de manzana muy frío para refrescarme, mientras esperaba la llegada de abuelita; pues ella me agradaba mucho y le tenía un cariño desmesurado, era recíproco. Quizá tendría unos doce, trece años a lo mucho. Me fui acercando pues, de sentón en sentón, a la casa de los extranjeros; quedaba a tres casas de la mía. Así llegué casi a su banqueta y seguí sorbiendo mi jugo. Sorpresivamente, en el momento en que dejé de recorrerme, la puerta se abrió y salieron la mamá y el hijo. Me quedé helado mientras se acercaban un poco más a la banqueta, quedaron a menos de veinte centímetros de mí; yo sorbía mi jugo con más vehemencia. De algún modo, me sentía completamente aterrado.

Entonces, el niño habló:

-Shtoya pakupayu? -preguntó a su madre.

Fue cuando se me ocurrió volver mi mirada hacia ellos. El niño, quizá un poco más grande que yo, veía fijamente a su mamá. La madre, entonces, volteó sus ojos hacia mí. Me quedé helado, me miraba con escrutinio, como si yo fuera el extraño. Y así, con sus ojos puestos sobre los míos, dijo calmadamente:

-Aguriets misha, aguriets.

No aguanté entonces su mirada penetrante, solté el jugo y corrí con el popote aún en mi boca hacia casa. Dentro, corrí a mi habitación lleno de terror. ¡Me había maldecido! Eso pensé de forma instantánea, no sólo eran criminales, ¡también eran brujos! ¡Bien podrían ser demonios! Me lancé a mi cama boca abajo, cerré los ojos y estuve así por varios minutos tratando de borrar la mirada, incesante en mi cabeza, de la madre. Me quedé dormido. Aún hoy, recuerdo bien haber soñado con esos ojos tan negros, tan grandes y me parecía escuchar su voz aún.... “aguriets misha, aguriets”.

Cuando desperté, sudoroso, abuelita ya había llegado y eso me calmó un poco. Comimos juntos y después lavé los trastes. Abuelita me contó una historia que yo ya me sabía pero adoraba escucharla de su propia boca. A pesar de que me estaba divirtiendo, de repente, me llegaba a la cabeza la voz de la madre “aguriets misha, aguriets” . Me estremecía un poco cuando eso pasaba.

Al siguiente día, abuelita me mandó a comprar unos dulces. Salí y crucé la calle, caminé por otra perpendicular a la nuestra y llegué a la tienda de Yola. Cuando entré, temblé un poco, ahí estaba la hija extranjera. No habló con Yola, simplemente tomó un paquete de pan, un cartón de jugo y una mantequilla en bote. Después le extendió un billete a Yola y ésta le dio el cambio.

Yo aún no podía avanzar más allá de la entrada de la tienda, estaba realmente asustado. Parecía como si su madre estuviera junto a mí repitiendo una y otra vez “aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. La niña recibió el cambio. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. La niña tomó las cosas y caminó hacia mí. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets, misha, aguriets”. Mis dientes temblaron. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. Pasó junto a mí para salir y sus ojos se posaron en los míos. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. Cuando sonrió, aún con esos ojos iguales a los de la madre fijos en mí, y me dijo “hola”, fue ahí cuando grité desquiciadamente y corrí hasta llegar a casa.

jueves, 24 de febrero de 2011

Lontananza.

Atisbé la forma redonda de sus pechos, casi podía sentirlos bajo ese vestido color azul cielo que llevaba puesto. Era una imagen milagrosa, su hermosura resplandecía aún ahí, quieta; sin esa risa de dientes amarillentos, pero perfectos. Sentí muy claro, eso sí, la erección debajo del pantalón negro.

A pesar de la cercanía, la sentía distante. Y quizá, ella que siempre fue indómita, no estaba ahí, sino allá. Ni aquí, ni allá. Yo estaba sentado, comenzaba a sentir la incomodidad del miembro erecto. Lucía, tu cuerpo parecía llamarme. Ese vestido, ese azul, cómo le sentaba. Apenas veía su cara; sus labios pintados de ese carmesí; carmesí hospitalario, carmesí caluroso.

Veía su cuerpo y creía verlo desnudo, húmedo de sudor junto al mío... No podría acercarme, no podría palparla, no la despertaría, no me atrevería a tocarla. Juntaba mis rodillas pues el calor entre mis piernas se volvía insoportable.

Sorbí del café, las galletas se me habían terminado. La ansiedad por recostarme junto a ella me devoraba, esos labios parecían iluminar la estancia. El sudor me escurría, movía los muslos; abría y cerraba las piernas. Despierta, anda, despiértate ya y obsérvame aquí sentado. Después escaparemos, al jardín, al patio, junto a la fuente, observando nubes irrisorias en los cielos del color de tu vestido. Tu mano, mi mano, dedos entrelazados. Levántate y anda Lucía.

Muerdo mis uñas, la frente sudorosa, el bulto inadmisible. Contenerme es absurdo, me levanto y dejo el café en la silla. Camino nerviosamente, acercándome a la figura de Lucía. Más cerca, me acerco más. Ahí está ella, recostada, el carmesí, el azul cielo; los ojos lozanos, escondidos tras esos párpados tan frágiles. No puedo más y me encimo a ella. La beso, la abrazo, beso su cuerpo. Gritos de horror, me restriego contra ella; me pierdo, no despierta. Gritos, gritos, sollozos, lágrimas, gargantas resecas, todo parece difuso. Restriego mi cuerpo contra el suyo, unas manos me sujetan. Quieren arrancarme de ella, me abrazo a ella. Mi cabeza contra sus senos, el aroma del vestido, su piel pálida, más manos me jalan. Escucho más gritos, ¡Cállense! ¿No ven que mi amada ya descansa?

lunes, 24 de enero de 2011

Nociones [completo]

Era café amargo.
No supe qué hacer. Era ridículo rechazarlo, cuando yo mismo (sin saber por qué) lo había pedido:
-¿Café amargo? -había dicho la viejecilla.
-Sí, claro -había contestado.
Ni siquiera me gustaba, pero estaba absorto. Probe el café. No percibí sabor alguno. Dejé la taza en la mesa y observé a un grupo de viejos que jugaban dominó. Tal escena me inspiró un poco de ternura.
La viejecilla regresó a la mesa.
-¿Necesitas algo más? -dijo ella.
-No lo creo, aquí hay azúcar, crema, todo; gracias -le respondí. Me sorprendió lo fluido que estaba hablando, normalmente sólo diría un "No, gracias", pero algo me pasaba, sí, desde que había atendido el llamado de la viejecilla.
Había pasado ya muchas veces por ese café. Era antiguo, se notaba. Y entonces cierto día, la viejecilla (dueña del café) me llamó. Y ahora aquí me encontraba, había algo en el café (tanto en el lugar como en la bebida) que me estaba inquietando.
Aún no sabía qué.
Los viejos seguían con el dominó.
Sorbí un poco más del café. Aún sin sabor. Raro. Totalmente.
La viejecilla me ofreció pan con mermelada. Acepté, y cuando me trajo el plato; le quité a los panes la mermelada porque odio la mermelada de fresa, prefiero la de durazno. Aunque, los duraznos no me gustan como simple fruta y las fresas las adoro con crema y azúcar.
Devoré los panes y bebí más café. ¡Puaj! Ahora sí, el sabor amargo había inundado mi boca.
Llené una cucharita con azúcar y la comí. El sabor del café se disipó levemente.
Me sentí por un momento feliz.
Después un poco desorientado.
Nadie entraba a ese café, y ahora que lo pensaba, los viejos del dominó eran los mismos siempre que pasaba en días anteriores.
Me dio un escalofrió en todo el cuerpo.
Tiré el café sobre la mesa y lo hice parecer un accidente. Me pareció que la viejecilla se enfadó un poco cuando le dije de mi percance; pero de inmediato sonrió ampliamente y me dijo que no me preocupase.
No conté con esto: la viejecilla me sirvió de nuevo café.
-Ya no es amargo -comenzó la viejecilla, -es sólo café con leche; el amargo se acabó. Los chicos del dominó terminaron con él, es su preferido.
Pensé que esa era una buena noticia y la oportunidad perfecta para beber el café y salir del local cuanto antes fuese posible.
En serio, algo me inquietaba.
Los viejos del dominó parecían no verme; desde que yo había entrado sólo habían alzado un poco la vista.
Bebí el café. Sin sabor. No entendía eso.
Bueno, en realidad entendí poco hasta ese momento.
Pedí la cuenta.
La viejecilla me observó como si algo estuviese mal en mí.
-¿La cuenta? -dijo ella, -aquí nadie paga nada.
Esa respuesta era realmente desconcertante, pero dadas las condiciones, ya no me pareció rara.
-Bien -respondí yo, -entonces gracias por todo; sólo debo irme.
Me encaminé hacia la puerta.
La viejecilla se interpuso.
-¿Irte? No lo creo hijo... aún no tienes a dónde irte, por el momento este es el único lugar donde puedes permanecer.
Era suficiente. Rodée a la viejecilla y cuando estaba a dos pasos de la puerta, los viejos del dominó se me interpusieron.
-No es momento de partir -dijeron al unísono. Eran cinco viejos, de distintas alturas y semblantes.
-¿Qué? Sólo quiero irme, pagaré lo que sea necesario -dije, producto de mi propia desesperación.
Forcejée con los ancianos, y logré apartar a dos. La puerta se despejó. Quise abrirla, pero no pude.
Extrañamente estaba trabada.
Al voltear para ver a los ancianos, el pánico me invadió inmediatamente.
Cuando observé las caras de los viejos; tenían una mirada distinta. Su cara se empezó a deformar, al igual que la viejecilla.
Todos se acercaron hacia mí, al mismo tiempo.
-¡Aléjense! -grité lo más fuerte que pude, -¡No se acerquen! ¿Qué son ustedes? ¡Atrás! ¡Atrás!
Estaba totalmente repegado a la puerta. Quería abrirla. NECESITABA abrirla. Pero nada sucedía.
La viejecilla repetía: "Aún no tienes que irte, aún no". Esa voz inundaba todos los rincones de mi cabeza. Me retumbaba cada palabra.
Y entonces, voltée hacia la calle, para ver si alguien pasaba para pedirle ayuda. Nadie pasaba, pero entonces, un poco más atrás vi una ambulancia, un tumulto, patrullas y comencé a escuchar las sirenas; el alboroto.
Fue entonces cuando comence a reconstruir los hechos.
Yo estaba caminando por la banqueta.
Y antes de pasar por el café, escuché unos rechinidos de llantas; sonidos de claxón. Después como que me dolió el cuerpo. Pero nada.
Seguí caminando y fue entonces que la viejecilla me llamó al café.
Y en ese recuerdo estaba, cuando ví mi cuerpo por un hueco que hizo la gente. Tirado sobre la banqueta; cubierto de sangre. Con paramédicos alrededor de mí. Me intentaban reanimar.
Quedé inmóvil, sin habla.
La viejecilla me dijo: "Ahora lo entiendes todo, ¿Cierto?"
Y sí. Estaba entre la vida y la muerte. En ese café.
Desée con todas mis fuerzas que todo acabara. Que me muriera o que me salvará, pero no estar en esa incertidumbre.
Me senté ahí, en el piso, y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Los viejos se sentaron a jugar dominó.
La viejecilla llegó hasta mí.
-No te preocupes -dijo ella, -tú saldrás pronto, o eso creo.
-¿Y ustedes? -sonaba desesperado, -¿Por qué siguen aquí? ¿Qué hacen aquí? Desde hace tiempo los veo... a ellos, jugando, a usted, sirviendo el café. ¡Explíqueme!
La viejecilla torció una sonrisa.
-Yo estoy a cargo de esto, cuido a quiénes todavía no se mueren, pero tampoco están vivos, no son todos los del mundo, por supuesto; son los que me toquen, los que estén cerca -la viejecilla sonaba seria, -ellos, los viejos, han estado aquí largo tiempo porque están en hospitales, pero no mueren.
Entonces sentí unas opresiones en el pecho y comence a ver borroso el lugar y las personas. La viejecilla se despidió con la mano.
Sentí como si algo me tragara, un zumbido estridente retumbó en mis oídos; comencé a ver un torbellino de imágenes.
Y una imagen se detuvo en mis ojos: la cara de un señor con cubreboca. La opresión en el pecho fue más grande. Unas personas que veían la escena sonrieron. Me subieron a la ambulancia. Todo empezaba a tomar sentido.

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Días después caminaba por donde todo sucedió. Una camioneta había perdido el control sobre la avenida y casi choca con un coche pequeño. El coche esquivo el impacto, pero yo no lo hice. La camioneta se estampó contra un árbol, atrás de mí. El árbol frenó un poco la camioneta pero ésta dobló el árbol, que me golpeó fuertemente la nuca y la espalda. La camioneta me pegó muy poco.
Ahora que caminaba por el mismo rumbo, me quedé impresionado; el local de café en realidad era un terreno lleno de escombros y basura.
Y es que, si lo pensaba bien, cada vez que pasaba y observaba al local con los viejos, en realidad había estado al borde de la muerte: un vidrio de una ventana que cayó un poco más adelante de mí; cuando me tropecé y un señor evitó que me golpeara en el suelo... a veces, no prestaba atención realmente a ese terreno: unos días café, otros simples escombros. Sonreí y me sentí muy afortunado; pero ese era mi camino diario y algo en mí me decía que no iba a ser la última vez que viera a la viejecilla que servía el café, que no era la última vez que perdiera la noción de tiempo y espacio.