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viernes, 15 de abril de 2011

The Gift

The ball that came from the sky wasn’t really huge, but the children saw it really big. I guess that points of view change while we’re growing up. Sometimes is difficult to understand kids. But I understand them and it mustn’t be something difficult. Because, believe it or not, we all were kids (except for Trunchbull).

The ball fell into grandma’s house. Luckily she wasn’t home, so she wasn’t harmed. Kids gathered around the house, which was pretty damaged (not as my grandma, she was safe). I went to see the destruction by myself, I had heard rumors of an enormous green ball with blue spots falling from above and injuring my grandma. But she was safe, and when I knew it I felt relieved.

The ball wasn’t that giant. Although, yeah, it was big if we compare it with other common balls. Now the question was: where did it come from?

The adults started to answer with “logical” responses. That it fell from an airplane, that it was thrown by some machine by mistake. Things like that… but none of their answers convinced the children. Adrian thought it was an alien’s toy. Dita thought the ball was like a sh** of some unknown bird (s*** was a word that she learned from her older brother, Ethan). Daniel thought that as he liked a lot balls, some she-ball had heard of him and fell in love with him; so she had came right away from Ballville to find him. Daniel was kissing the ball at the time firefighters came.

Everyone tried to find an explanation for such an event. My grandma arrived some minutes later and she smiled at her destroyed home. The entire town there (except for the kids) thought she had gone crazy already.

Firefighters didn’t mind on looking for an explanation, they just took off the big big ball and went away. The people started to go to their houses. Kids were really sad, I noticed it in their faces. They already had thought what they were going to do with the ball.

But the saddest person there was Melinda, my grandma. I went with her.

“What’s wrong granny?” I asked her silently. She just waved her head. “Why did you smile?”

I had a single answer: “When I was a kid, I dreamed of a really big ball, I wanted to see the biggest ball on Earth. I really wanted that. And now I saw it, I’m just a little sad I couldn’t play with it, but that wasn’t my dream, I just wanted to see it.”

That night was grandma’s last night. We buried her with a smile in her face.

viernes, 8 de abril de 2011

El lado opuesto.

NO QUISIERA RECORDAR el suceso, pero definitivamente es de lo más escalofriante que me ha sucedido. Asimismo, resulta completamente inexplicable, al menos de manera lógica, lo que pasó aquella tarde de abril.

Bajé del vagón de metro entre todo el tumulto sudoroso, era una hora de mucha afluencia en estaciones y tenía que pasar de una línea a otra para llegar a mi destino. Me encontraba en Chabacano, caminé entonces con dirección a la línea café desde la línea verde. Había muchísima gente y apenas y podíamos avanzar entre tantos.

Soy muy observador, me gusta fijarme en pequeños detalles que otros ignoran e incluso disfruto grabar en mi memoria los rostros de las personas. Así, hay veces en las que puedo hasta reconocer a alguien en el metro que vi mucho tiempo atrás; es divertido. Antes de bajarme en Chabacano, había observado con atención la gente del mismo vagón en el que iba. Recuerdo todos los rostros de ellos. Fue así que pude notar en un hombre –moreno, alto, delgado y desgarbado- su extraño semblante, entre fastidio y excitación, entre enojo y alegría. No presté más atención para entonces.

Ahora bien, el señor del semblante raro venía un poco atrás de mí cuando estábamos caminando a la línea café. Parecíamos una procesión, lenta y enorme. Nadie podría saber qué pasaría… éramos una masa cansina y acalorada que si avanzaba era producto de un milagro.

Fue entonces que se sintió un leve temblor en la estación y todos quedamos inmóviles al mismo tiempo que un grito horrible, infrahumano, se apoderó de nuestros oídos. Volteé, con los vellos erizados, y descubrí que el grito provenía del señor con el semblante extraño. Estaba ahí, parado entre la multitud con los brazos extendidos apuntando al techo y la boca completamente abierta; de una forma que superaba lo que cualquier humano podría ser capaz de abrirla.

Ninguno de nosotros entendía qué pasaba y quedamos inmóviles, nuestras manos tapando los oídos. Aun así, el grito penetraba e invadía nuestra mente. El hombre comenzó a avanzar y en el momento en que alguien se cruzaba en su camino, éste salía disparado al mínimo roce con el hombre quien seguía su camino decididamente. El grito continuaba y yo temblaba de miedo, varias personas salían disparadas mientras el hombre se abría paso entre la gente. Al mismo tiempo me encontraba expectante.

Pasó justo a mi lado. Fui de lo más prudente y logré que no me tocara, por lo que no salí disparado. Había gente en el suelo, entre aventados y desmayados, y nadie se movía. No recuerdo, quizá verdaderamente fuimos incapaces de movernos a causa del terrible y cada vez más agudo grito del extraño.

El hombre continuó avanzando hasta llegar a las vías. Se tiró sin más a éstas. De repente, muchos corrieron a verlo. El grito continuaba, cada vez más penetrante, más doloroso y terrorífico.

El tren venía ya, hubo gritos de horror y el desconcierto reinaba en los rostros humanos. El grito se agudizó al acercarse más el tren. De la máquina naranja se escuchó un claxon apremiante. El hombre siguió en las vías, parado y con la boca abierta.

A pesar de que el tren frenó, pegó directamente al hombre. Cientos de gritos se escucharon en la estación. Cerré los ojos y escuché un golpe duro y muy fuerte. Metal contra carne, quizá.

Cuando abrí los ojos, el grito había cesado. Lo que vi aún trato de procesarlo. No es posible explicar qué sucedió o el porqué. Frente a mí, estaba el tren naranja completamente abollado de la parte delantera, el conductor parecía estar desmayado o muerto. Del otro lado de la estación, esperando el vagón muy tranquilamente, se hallaba el hombre del grito.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Xenofobia.

Siempre los observé con algo de recelo. Me acuerdo cuando llegaron, casi al crepúsculo; una camioneta grande y un coche mediano solamente. Supe que eran extranjeros desde el momento en que comenzaron a bajar sus cosas y se hablaban en una lengua extraña; su aspecto también resaltaba.

No me fiaba de ellos, ¿quién iba a hacerlo? No le hablaban a nadie de la calle, salían pocas veces y los hijos no iban a ninguna escuela, parecían tener profesores privados. Si salían a jugar era con su madre; ambos, niño y niña, jugaban entre ellos por las mañanas. Lo supe un día que no fui a la escuela y observé cómo salían sigilosamente y se dirigían a un parque cercano, vacío casi siempre a la hora que ellos iban. Nunca le dije a mamá cuánto disfrutaba espiarlos, es más, ni siquiera le confesé alguna vez que los vigilaba.

No me fiaba de ellos porque tenían costumbres completamente ajenas a las de nosotros. Quizá por eso estaban solos. Nunca intentaron hablarle a nadie de la calle, ni ninguno de nosotros a ellos porque eran raros. El padre, sabía Dios en qué trabajaría; se iba temprano y regresaba casi a las diez de la noche. De lunes a viernes. Sábado y domingo, los pasaban juntos, fuese en casa o en algún lugar al que salían.

Y no me fiaba de ellos pues, porque hablaban cosas que no entendíamos; llegué a veces a fantasear con la idea de que eran criminales, prófugos de la justicia de algún país muy lejano. Además, me parecía muy soberbio que no hablaran en español; cuando cumplieron el año viviendo en la casa violácea de la esquina, seguían sin utilizar el español, o al menos siempre los oía hablarse en ese idioma tan extraño.

En fin, yo no soy gente chismosa ni nunca lo he sido, pero todo esto viene porque recuerdo que alguna vez...

Había yo salido a la banqueta, era una tarde veraniega, el sol brillaba y hacía que el verdor de los pastos resplandeciera en nuestra calle. Estaba sentado tomando un jugo de manzana muy frío para refrescarme, mientras esperaba la llegada de abuelita; pues ella me agradaba mucho y le tenía un cariño desmesurado, era recíproco. Quizá tendría unos doce, trece años a lo mucho. Me fui acercando pues, de sentón en sentón, a la casa de los extranjeros; quedaba a tres casas de la mía. Así llegué casi a su banqueta y seguí sorbiendo mi jugo. Sorpresivamente, en el momento en que dejé de recorrerme, la puerta se abrió y salieron la mamá y el hijo. Me quedé helado mientras se acercaban un poco más a la banqueta, quedaron a menos de veinte centímetros de mí; yo sorbía mi jugo con más vehemencia. De algún modo, me sentía completamente aterrado.

Entonces, el niño habló:

-Shtoya pakupayu? -preguntó a su madre.

Fue cuando se me ocurrió volver mi mirada hacia ellos. El niño, quizá un poco más grande que yo, veía fijamente a su mamá. La madre, entonces, volteó sus ojos hacia mí. Me quedé helado, me miraba con escrutinio, como si yo fuera el extraño. Y así, con sus ojos puestos sobre los míos, dijo calmadamente:

-Aguriets misha, aguriets.

No aguanté entonces su mirada penetrante, solté el jugo y corrí con el popote aún en mi boca hacia casa. Dentro, corrí a mi habitación lleno de terror. ¡Me había maldecido! Eso pensé de forma instantánea, no sólo eran criminales, ¡también eran brujos! ¡Bien podrían ser demonios! Me lancé a mi cama boca abajo, cerré los ojos y estuve así por varios minutos tratando de borrar la mirada, incesante en mi cabeza, de la madre. Me quedé dormido. Aún hoy, recuerdo bien haber soñado con esos ojos tan negros, tan grandes y me parecía escuchar su voz aún.... “aguriets misha, aguriets”.

Cuando desperté, sudoroso, abuelita ya había llegado y eso me calmó un poco. Comimos juntos y después lavé los trastes. Abuelita me contó una historia que yo ya me sabía pero adoraba escucharla de su propia boca. A pesar de que me estaba divirtiendo, de repente, me llegaba a la cabeza la voz de la madre “aguriets misha, aguriets” . Me estremecía un poco cuando eso pasaba.

Al siguiente día, abuelita me mandó a comprar unos dulces. Salí y crucé la calle, caminé por otra perpendicular a la nuestra y llegué a la tienda de Yola. Cuando entré, temblé un poco, ahí estaba la hija extranjera. No habló con Yola, simplemente tomó un paquete de pan, un cartón de jugo y una mantequilla en bote. Después le extendió un billete a Yola y ésta le dio el cambio.

Yo aún no podía avanzar más allá de la entrada de la tienda, estaba realmente asustado. Parecía como si su madre estuviera junto a mí repitiendo una y otra vez “aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. La niña recibió el cambio. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. La niña tomó las cosas y caminó hacia mí. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets, misha, aguriets”. Mis dientes temblaron. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. Pasó junto a mí para salir y sus ojos se posaron en los míos. “Aguriets, aguriets, aguriets, aguriets misha, aguriets”. Cuando sonrió, aún con esos ojos iguales a los de la madre fijos en mí, y me dijo “hola”, fue ahí cuando grité desquiciadamente y corrí hasta llegar a casa.

jueves, 24 de febrero de 2011

Lontananza.

Atisbé la forma redonda de sus pechos, casi podía sentirlos bajo ese vestido color azul cielo que llevaba puesto. Era una imagen milagrosa, su hermosura resplandecía aún ahí, quieta; sin esa risa de dientes amarillentos, pero perfectos. Sentí muy claro, eso sí, la erección debajo del pantalón negro.

A pesar de la cercanía, la sentía distante. Y quizá, ella que siempre fue indómita, no estaba ahí, sino allá. Ni aquí, ni allá. Yo estaba sentado, comenzaba a sentir la incomodidad del miembro erecto. Lucía, tu cuerpo parecía llamarme. Ese vestido, ese azul, cómo le sentaba. Apenas veía su cara; sus labios pintados de ese carmesí; carmesí hospitalario, carmesí caluroso.

Veía su cuerpo y creía verlo desnudo, húmedo de sudor junto al mío... No podría acercarme, no podría palparla, no la despertaría, no me atrevería a tocarla. Juntaba mis rodillas pues el calor entre mis piernas se volvía insoportable.

Sorbí del café, las galletas se me habían terminado. La ansiedad por recostarme junto a ella me devoraba, esos labios parecían iluminar la estancia. El sudor me escurría, movía los muslos; abría y cerraba las piernas. Despierta, anda, despiértate ya y obsérvame aquí sentado. Después escaparemos, al jardín, al patio, junto a la fuente, observando nubes irrisorias en los cielos del color de tu vestido. Tu mano, mi mano, dedos entrelazados. Levántate y anda Lucía.

Muerdo mis uñas, la frente sudorosa, el bulto inadmisible. Contenerme es absurdo, me levanto y dejo el café en la silla. Camino nerviosamente, acercándome a la figura de Lucía. Más cerca, me acerco más. Ahí está ella, recostada, el carmesí, el azul cielo; los ojos lozanos, escondidos tras esos párpados tan frágiles. No puedo más y me encimo a ella. La beso, la abrazo, beso su cuerpo. Gritos de horror, me restriego contra ella; me pierdo, no despierta. Gritos, gritos, sollozos, lágrimas, gargantas resecas, todo parece difuso. Restriego mi cuerpo contra el suyo, unas manos me sujetan. Quieren arrancarme de ella, me abrazo a ella. Mi cabeza contra sus senos, el aroma del vestido, su piel pálida, más manos me jalan. Escucho más gritos, ¡Cállense! ¿No ven que mi amada ya descansa?

lunes, 24 de enero de 2011

Nociones [completo]

Era café amargo.
No supe qué hacer. Era ridículo rechazarlo, cuando yo mismo (sin saber por qué) lo había pedido:
-¿Café amargo? -había dicho la viejecilla.
-Sí, claro -había contestado.
Ni siquiera me gustaba, pero estaba absorto. Probe el café. No percibí sabor alguno. Dejé la taza en la mesa y observé a un grupo de viejos que jugaban dominó. Tal escena me inspiró un poco de ternura.
La viejecilla regresó a la mesa.
-¿Necesitas algo más? -dijo ella.
-No lo creo, aquí hay azúcar, crema, todo; gracias -le respondí. Me sorprendió lo fluido que estaba hablando, normalmente sólo diría un "No, gracias", pero algo me pasaba, sí, desde que había atendido el llamado de la viejecilla.
Había pasado ya muchas veces por ese café. Era antiguo, se notaba. Y entonces cierto día, la viejecilla (dueña del café) me llamó. Y ahora aquí me encontraba, había algo en el café (tanto en el lugar como en la bebida) que me estaba inquietando.
Aún no sabía qué.
Los viejos seguían con el dominó.
Sorbí un poco más del café. Aún sin sabor. Raro. Totalmente.
La viejecilla me ofreció pan con mermelada. Acepté, y cuando me trajo el plato; le quité a los panes la mermelada porque odio la mermelada de fresa, prefiero la de durazno. Aunque, los duraznos no me gustan como simple fruta y las fresas las adoro con crema y azúcar.
Devoré los panes y bebí más café. ¡Puaj! Ahora sí, el sabor amargo había inundado mi boca.
Llené una cucharita con azúcar y la comí. El sabor del café se disipó levemente.
Me sentí por un momento feliz.
Después un poco desorientado.
Nadie entraba a ese café, y ahora que lo pensaba, los viejos del dominó eran los mismos siempre que pasaba en días anteriores.
Me dio un escalofrió en todo el cuerpo.
Tiré el café sobre la mesa y lo hice parecer un accidente. Me pareció que la viejecilla se enfadó un poco cuando le dije de mi percance; pero de inmediato sonrió ampliamente y me dijo que no me preocupase.
No conté con esto: la viejecilla me sirvió de nuevo café.
-Ya no es amargo -comenzó la viejecilla, -es sólo café con leche; el amargo se acabó. Los chicos del dominó terminaron con él, es su preferido.
Pensé que esa era una buena noticia y la oportunidad perfecta para beber el café y salir del local cuanto antes fuese posible.
En serio, algo me inquietaba.
Los viejos del dominó parecían no verme; desde que yo había entrado sólo habían alzado un poco la vista.
Bebí el café. Sin sabor. No entendía eso.
Bueno, en realidad entendí poco hasta ese momento.
Pedí la cuenta.
La viejecilla me observó como si algo estuviese mal en mí.
-¿La cuenta? -dijo ella, -aquí nadie paga nada.
Esa respuesta era realmente desconcertante, pero dadas las condiciones, ya no me pareció rara.
-Bien -respondí yo, -entonces gracias por todo; sólo debo irme.
Me encaminé hacia la puerta.
La viejecilla se interpuso.
-¿Irte? No lo creo hijo... aún no tienes a dónde irte, por el momento este es el único lugar donde puedes permanecer.
Era suficiente. Rodée a la viejecilla y cuando estaba a dos pasos de la puerta, los viejos del dominó se me interpusieron.
-No es momento de partir -dijeron al unísono. Eran cinco viejos, de distintas alturas y semblantes.
-¿Qué? Sólo quiero irme, pagaré lo que sea necesario -dije, producto de mi propia desesperación.
Forcejée con los ancianos, y logré apartar a dos. La puerta se despejó. Quise abrirla, pero no pude.
Extrañamente estaba trabada.
Al voltear para ver a los ancianos, el pánico me invadió inmediatamente.
Cuando observé las caras de los viejos; tenían una mirada distinta. Su cara se empezó a deformar, al igual que la viejecilla.
Todos se acercaron hacia mí, al mismo tiempo.
-¡Aléjense! -grité lo más fuerte que pude, -¡No se acerquen! ¿Qué son ustedes? ¡Atrás! ¡Atrás!
Estaba totalmente repegado a la puerta. Quería abrirla. NECESITABA abrirla. Pero nada sucedía.
La viejecilla repetía: "Aún no tienes que irte, aún no". Esa voz inundaba todos los rincones de mi cabeza. Me retumbaba cada palabra.
Y entonces, voltée hacia la calle, para ver si alguien pasaba para pedirle ayuda. Nadie pasaba, pero entonces, un poco más atrás vi una ambulancia, un tumulto, patrullas y comencé a escuchar las sirenas; el alboroto.
Fue entonces cuando comence a reconstruir los hechos.
Yo estaba caminando por la banqueta.
Y antes de pasar por el café, escuché unos rechinidos de llantas; sonidos de claxón. Después como que me dolió el cuerpo. Pero nada.
Seguí caminando y fue entonces que la viejecilla me llamó al café.
Y en ese recuerdo estaba, cuando ví mi cuerpo por un hueco que hizo la gente. Tirado sobre la banqueta; cubierto de sangre. Con paramédicos alrededor de mí. Me intentaban reanimar.
Quedé inmóvil, sin habla.
La viejecilla me dijo: "Ahora lo entiendes todo, ¿Cierto?"
Y sí. Estaba entre la vida y la muerte. En ese café.
Desée con todas mis fuerzas que todo acabara. Que me muriera o que me salvará, pero no estar en esa incertidumbre.
Me senté ahí, en el piso, y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Los viejos se sentaron a jugar dominó.
La viejecilla llegó hasta mí.
-No te preocupes -dijo ella, -tú saldrás pronto, o eso creo.
-¿Y ustedes? -sonaba desesperado, -¿Por qué siguen aquí? ¿Qué hacen aquí? Desde hace tiempo los veo... a ellos, jugando, a usted, sirviendo el café. ¡Explíqueme!
La viejecilla torció una sonrisa.
-Yo estoy a cargo de esto, cuido a quiénes todavía no se mueren, pero tampoco están vivos, no son todos los del mundo, por supuesto; son los que me toquen, los que estén cerca -la viejecilla sonaba seria, -ellos, los viejos, han estado aquí largo tiempo porque están en hospitales, pero no mueren.
Entonces sentí unas opresiones en el pecho y comence a ver borroso el lugar y las personas. La viejecilla se despidió con la mano.
Sentí como si algo me tragara, un zumbido estridente retumbó en mis oídos; comencé a ver un torbellino de imágenes.
Y una imagen se detuvo en mis ojos: la cara de un señor con cubreboca. La opresión en el pecho fue más grande. Unas personas que veían la escena sonrieron. Me subieron a la ambulancia. Todo empezaba a tomar sentido.

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Días después caminaba por donde todo sucedió. Una camioneta había perdido el control sobre la avenida y casi choca con un coche pequeño. El coche esquivo el impacto, pero yo no lo hice. La camioneta se estampó contra un árbol, atrás de mí. El árbol frenó un poco la camioneta pero ésta dobló el árbol, que me golpeó fuertemente la nuca y la espalda. La camioneta me pegó muy poco.
Ahora que caminaba por el mismo rumbo, me quedé impresionado; el local de café en realidad era un terreno lleno de escombros y basura.
Y es que, si lo pensaba bien, cada vez que pasaba y observaba al local con los viejos, en realidad había estado al borde de la muerte: un vidrio de una ventana que cayó un poco más adelante de mí; cuando me tropecé y un señor evitó que me golpeara en el suelo... a veces, no prestaba atención realmente a ese terreno: unos días café, otros simples escombros. Sonreí y me sentí muy afortunado; pero ese era mi camino diario y algo en mí me decía que no iba a ser la última vez que viera a la viejecilla que servía el café, que no era la última vez que perdiera la noción de tiempo y espacio.

viernes, 6 de agosto de 2010

Las Tazas Rotas

*Nota: es una historia que ya tenía escrita de hace un año quizá un poco menos. No sé, me parece que fue muy espontánea y, a mí me hizo reír, imagínense la escena, así funciona mejor. Bueno, les dejó la historia:


Cuando me dijeron si conocí alguna historia memorable de venganza, se me ocurrió esta. No es sangrienta, pero venganzas ocurren a cada día, minuto a minuto, en mayor o menor grado. Y venganza, a veces, funciona como sinónimo de elegancia.
A mi memoria viene esta historia, que no sabré decir dónde ocurrió, pero por lo que me contaron, sucedió en la época del estropicio:
Doña Antonia y Doña María eran dos señoras de sociedad que alguna vez habían ostentado una posición poderosa gracias a las constantes ganancias de sus maridos que habían pasado a mejor vida desde ya hacía mucho tiempo. Fue así, como esas dos señoras comenzaron un declive impresionante de su capital. Sin embargo, su amistad por conveniencia continuó… una amistad que finalmente, se basaba en la práctica incesante de la hipocresía más pura.
-Definitivamente Lucrecia, esa María no tiene la mínima educación en lo que a etiqueta se refiere… mira que no poner hoy bien el orden correcto de los cubiertos en la ceremonia de los Pollock, no entiendo para que se ofrece de organizadora, si a duras penas con su vida pueda, pobrecita ella, la verdad; tantos viajes que su marido le ha regalado… para que la desdichada siga sufriendo de ignorancia y peque de inculta, pensándolo bien, María no tiene ni la mínima educación en lo que a todo se refiere. Árbol que nace torcido, jamás se endereza, y ella es la prueba viviente de lo que tal dicho nos quiere dejar de enseñanza.
Un monólogo tan exigente como el de Doña Antonia de la Barranca sólo podía variar cuando el maullido de Lucrecia le contestaba sus quejas tan repetidas que hasta a ella, que no entendía mucho del lenguaje humano, le cansaban y le sonaban a pan del mismo trigo.

Sucede algunas veces que hasta en las mejores amistades, ocurre un factor muy interesante y que (hay que aceptarlo) da un poco de sabor a la relación tan idílica que se pretende hacer perdurar para siempre. Ese factor lo llamamos traición, una traición en lo que a amistad se refiere puede tener muchas variantes y exquisitas posibilidades, como revelar los secretos más íntimos que alguna vez dudamos guardarlos, puede ser también la mentira como excusa para evitar alguna salida con tal amigo o tal otro, de igual forma algunos piensan en traición cuando decidimos no ayudar al entrañable en cuestión de algún problema menor. Pero existen traiciones mucho más graves y dolorosas, sobre todo cuando la amistad ya lleva cuajándose durante varios años.

-Ay, querida Antonita. Tú crees que soy una estúpida de primera, pero verás que bien he jugado al papel de tonta por mucho tiempo. Mi vida misma es un engaño, tanto para conmigo misma, como para los demás. Y lo que quieres creer que yo no sé, está tan presente en mí como el gallo tiene el cantar al salir el sol. Vive la vie, mademoiselle! C’est délicieux quand c’est bien plané. Si algo aprendí cuando fui a la bella París es la astucia de algunas damas francesas… tan golfas ellas, tan golfas como tú Antonia. Mosca muerta. Pero de puta no te baja nadie. ¿Qué le cuentas a Lucrecia últimamente? ¿Mis deslices tan obscenos en cuánto a educación y etiqueta se refieren? No me extrañaría, estás perdiendo la chaveta amiguita. Y simplemente, yo daré el empujoncito que hace falta…
Doña María de los Remedios hablaba para sí misma mientras limpiaba un poco el comedor de su casa. Un comedor antiquísimo para más de veinte personas. Siempre lo encontrarías impecable, majestuoso; recuerdo perecedero de lo que alguna vez fue Doña María. ¿Quién lo olvidaría? Si no en vano, toda la ciudad (por pequeña que pudiera parecer) respetaba aún ese nombre.

Habían quedado en casa de Antonia a las dos de la tarde. Al centro de una mesita, una bandeja brillante con una tetera humeante encima, al lado una botella de coñac polvorienta que Doña María llevaba como presente a Doña Antonia.
Ellas están sentadas frente a frente, bebiendo un té tan delicioso que les produce cierto efecto onírico. Sus ojos están fijamente posados en los ojos de la otra. Vigilándose mutuamente. Acechándose.
-Y dime, querida Antonia, cuando fuiste a la bellísima Florencia, ¿Qué fue lo que más te impresionó del Pitti?
-¡Ay, querida! Tú siempre tan letrada… la verdad es que a Florencia sólo fui por unas cosas, la cultura se quedó lejana, y cuánto lo lamento ahora, me han dicho que tiene cosas muy hermosas.
-Sí… cuando fui, mi boca me dolió de tanto abrirla y cerrarla del asombro.
-Y seguramente, de tanto parlotear amiguita.
-Guárdate los rencores para después María, para nada tengo la culpa de tu asombrosa capacidad para repeler la cultura, quizá hasta seas alérgica.
-La alergia la tienes tú, ¡A la decencia! Mira que pasar por todos los Montemagno en Roma no fue exactamente un secreto…
-¡Qué insolencia la tuya! Andrea Montemagno simplemente me pidió dejar a mi marido para reposar en su palacio por el resto de mi vida, y obviamente, me negué con toda la dignidad que poseo, así que mejor será que dejes las habladurías de las gatas que en envidia, se revuelcan.
-La revolcada fue otra querida Antonia… no me digas que con lo guapo que está Andrea no pasaste de visita por su cama…
-¡Cochina indeseable! Sólo te perdono tales injurias porque tú eres mi amiga, pero te recuerdo que provengo de una estirpe muy respetada y muy noble, que en decencia brillamos notablemente; así que no puedo permitirte que me hables así y mucho menos, en mi propia casa.
-Tienes razón, amiga mía, perdóname la ofensa; pero no podrás negar que tuviste varios amoríos con jóvenes y caballeros de alcurnia, como la tuya.
-Eres muy habladora María, pero bien tú sabes que la carne es débil y que yo nunca he hecho nada que no me merezca, vivir bien es una de mis grandes cualidades.
-¡Golfita esta! Y perdón por usar un término tan burlesco, pero puta suena de muy mal gusto…
-¡Atrevida! ¡Desleal! Y mira tú, que de inocente ni pizca, Don Ricardo Fontana me contó lo fogosa que eres cuando estás embriagada…
-¡Jajaja! Un gusto al año no hace daño, pero si a mí Hernán de Bonanza, Pedro Gómez, Laurencio Flores y Don Pedro de Alcatraz me han dejado muy claro lo fría que puede ser una mujer cuando quiere soltase de las riendas y no tiene empacho en desnudarse al primer hombre que le parezca guapo…
-¿Cómo te atreves? Y ¿Cómo se atreven ellos! Sus esposas eran las frías y aburridas.
-¿O sea que yo también fui aburrida y fría?
-¿Qué! ¿Qué quieres decir con… eso?
-Tú bien lo sabes, “amiga”.
Y la mano de Doña María empuja ligera, pero certeramente la botella de coñac hacia el suelo, estrellándose con gran estrépito y salpicando tanto la alfombra persa como el vestido y el sillón de Doña Antonia. Un grito rabioso resuena en el aire, mientras Doña María toma rápidamente una lámpara y la avienta con una sonrisa histérica al licor regado. Las llamas iluminan la estancia y ponen un poco de calor a la antigua casona. Doña Antonia logra quitarse a tiempo, antes de que el vestido se le prenda y se avienta hacia Doña María, quién corre velozmente, esquivándola, hacia la puerta para salir del infierno que ella misma ha provocado. El fuego se extiende rápidamente. Doña Antonia va tras Doña María.
Al estar ya las dos fuera, Doña María tropieza y es cuando suelta la taza de té que aún tenía en su poder sin darse cuenta; ésta rueda por la calle mientras su asa se rompe en trocitos. Doña Antonia grita con más rabia y una llama salta, prendiendo su vestido. Se lo quita en un santiamén y deja caer la taza que aún asía. La casona está ya en llamas totalmente.
La taza cae y se parte en dos pedazos. Los vecinos salen para ver qué sucede, mientras la casona se va derrumbando lentamente, del vestido no quedan cenizas y Doña María grita victoriosa y radiante:
“¡Por puta y por arrabalera te quedaste con sólo dos tazas rotas!”

lunes, 26 de julio de 2010

Simple

La lluvia caía ligera sobre la ciénaga, pero ya había caído por mucho tiempo. Mientras te esperaba. El cantar de aquellos grillos sonaba melancólico, como si quisieran apagarse por voluntad propia, para no tener que chirriar más. Y yo te amaba. La luz nocturna de esa luna, esa luna menguante, sólo iluminaba algunas cosas; como esa rana que saltó de un lirio a un nenúfar. Mientras te esperaba. Y la lengua pestilente de esa rana azulada se alargaba, magnífica, para atrapar el mosco, que incauto volaba sobre pétalos incoloros. Y yo te amaba. La rana saltó y un ave la atrapó, así de simple dejó de existir. Casi como yo. Mientras te esperaba, yo te amaba. Y te amé, te amé mientras el lodo me tapaba...
La lluvia caía ligera sobre la ciénaga, pero ya había caído por mucho tiempo.

sábado, 24 de julio de 2010

Hace tiempo que te quiero

"Inhumano". Así puntualizó su actitud, dejándolo aturdido entre los vapores de recuerdos confusos. Ella, alejándose, siguió discutiendo como si él estuviese a su lado. Él, en el suelo, repetía la palabra en su cabeza. Ambos se volvieron a ver a lo lejos, durante unos segundos... bajaron los dos sus miradas y repentinamente, se comprendieron el uno al otro. Ella se alejó, cabizbaja, callada, para después esbozar una ligera sonrisa. Y él, por lo bajo, murmuró: "Hace tiempo que te quiero".

miércoles, 23 de junio de 2010

Cuando la lluvia se termine

En el pavimento hirviente caía la primera gota de lluvia. Rápidamente se evaporó, pero más gotas comenzaron a llenar de manchas el suelo que ardía después del calor de mediodía.

La gente que estaba afuera corrió a refugiarse en sus casas; cerrando ventanas si la lluvia caía con más fuerza, había otros que metían la ropa tendida en sus patios. Las calles comenzaron a vaciarse y en las casas se buscaba algo qué hacer. Prendieron la tele, algunos hasta hicieron palomitas. Muy pocos abrieron algún libro y menos de esos pocos lo leyeron.

Conchita vio a través de la ventana de la cocina la lluvia que caía y al suelo ansioso por recibir las gotas. Cerró las cortinas y prendió la estufa. Prepararía un café de olla, para ella y para su viejo: Antonio Galán. Alguna vez, hace muchos años, el hombre le hizo honor a su apellido; ahora, los achaques de la edad, de la embriaguez y de tantas otras cosas le habían robado el porte y la guapura que había dejado a más de una enamorada en el pueblo costeño, aquél donde había crecido.

Antonio estaba medio sentado, medio recostado en el sillón y pensaba en cómo había conocido a Conchita y cómo después de muchos años por fin había aprendido a quererla. A ser agradecido. Porque él había amado a Juana, la puta del pueblo, esa que se acostaba con cualquiera que le regalara unas joyas o la llevara a la ciudad al cine, al café… adonde fuese. Y eso le gustaba a él: su espíritu aventurero, su carente sentido de moralidad, su rebeldía, la pasión que derrochaba al coger y su indiferencia ante quienes la ofendían. Fácil, resbalosa, zorra, prostituta, puta, mala mujer, cuzca y hasta satánica, eran palabras que a diario recibía Juana, pero poco le importaban; Antonio rió un poco al pensar que él también se había tirado a más de la mitad de las pueblerinas, pero a él no le decían nada, él era el más macho del pueblo. Cómo podría olvidar el ritmo que llevaban las caderas de Juana cuando, después del cine, se la llevaba a un hotel… Se estaba desviando. Estaba evocando a Juana y su cuerpo casi perfecto, cuando quería recordar a Conchita. Al verla en la estufa y a pesar de su cuerpo de anciana, panzona y jorobada, la deseó más que a ninguna otra mujer. Comprendió que era lógico pensar en Juana, de ella nunca supo más desde la última vez que visitó su pueblo. A Conchita la veía a diario.

Conchita dejó la olla en la estufa y se fue a sentar con su esposo.

-En un rato está el café.

Antonio asintió y la abrazó. En la tele, pasaban una película con Pedro Infante, la única que ambos disfrutaban.

-Conchita…

-¿Mande?

-No, este, nada.

Había querido decirle que la amaba, nunca se lo había dicho; los únicos “te amo” que habían salido de su boca en toda su vida había sido para su hija y para Juana, la puta de Juana.

-Si me ibas a decir de ir al seguro mañana, sí me acuerdo.

Su voz ya sonaba cansada. A Antonio le gustaba recordarla muy parlanchina, con esa voz que le atraía tanto, pero luego borraba el recuerdo porque en ese entonces no la amaba aún. Conchita tomó el control de la tele y subió el volumen, la lluvia había arreciado y no la dejaba escuchar la película. Cuando ésta se fue a comerciales, Conchita se levantó y fue a la cocina. Regresó con dos tazas llenas de café negro, le dio la suya a Antonio y se volvió a sentar.

Antonio le dio un sorbo y después de que le quemara la lengua y la garganta, comenzó a hablar.

-¿Recuerdas que tú siempre me acusabas de engañarte con la comadre Isabel y yo te decía que estabas loca y que no era cierto? Pues no era cierto, pero tampoco estabas loca, sí te engañaba, pero con Lorena, la maestra.

Conchito sólo volteó a verlo seriamente, no dijo nada. Dejó su taza en la mesita de la sala y se acomodó mejor en el sillón con sus brazos cruzados.

-Bueno, sólo quería decirte eso y que sí me arrepiento, porque después de todo, sí te amo Conchita y por eso… te pido perdón.

La lluvia golpeaba con más fuerza afuera.

-Antonio, no te perdono, pero no te preocupes, yo sabía, no soy pendeja, pero lo que fue ya pasó… ahora cállate que ya se acabaron los comerciales.

El viejo obedeció y bebió otro sorbo caliente del café. Cuando la película se hubo acabado, las dos tazas estaban vacías y los dos permanecieron en silencio.

Afuera, la última gota de lluvia caía sobre el pavimento, ahora ahogado de tanta agua. Los niños comenzaron a salir de sus casas y brincaban sobre los charcos, el sol brillaba dando sus últimos rayos del día ya que pronto oscurecería.

Conchita se acostó lentamente en el sillón y más enérgica que nunca le dijo a Antonio:

-Si realmente me amas ahora, hazme entonces por primera vez el amor, aquí y ahora mismo.

jueves, 11 de junio de 2009

Nociones -Parte 5- (Epílogo)

Cuando observé las caras de los viejos; tenían una mirada distinta. Su cara se empezó a deformar, al igual que la viejecilla.
Todos se acercaron hacia mí, al mismo tiempo.
-¡Aléjense! -grité lo más fuerte que pude, -¡No se acerquen! ¿Qué son ustedes? ¡Atrás! ¡Atrás!
Estaba totalmente repegado a la puerta. Quería abrirla. NECESITABA abrirla. Pero nada sucedía.
La viejecilla repetía: "Aún no tienes que irte, aún no". Esa voz inundaba todos los rincones de mi cabeza. Me retumbaba cada palabra.
Y entonces, voltée hacia la calle, para ver si alguien pasaba para pedirle ayuda. Nadie pasaba, pero entonces, un poco más atrás vi una ambulancia, un tumulto, patrullas y comencé a escuchar las sirenas; el alboroto.
Fue entonces cuando comence a reconstruir los hechos.
Yo estaba caminando por la banqueta.
Y antes de pasar por el café, escuché unos rechinidos de llantas; sonidos de claxón. Después como que me dolió el cuerpo. Pero nada.
Seguí caminando y fue entonces que la viejecilla me llamó al café.
Y en ese recuerdo estaba, cuando ví mi cuerpo por un hueco que hizo la gente. Tirado sobre la banqueta; cubierto de sangre. Con paramédicos alrededor de mí. Me intentaban reanimar.
Quedé inmóvil, sin habla.
La viejecilla me dijo: "Ahora lo entiendes todo, ¿Cierto?"
Y sí. Estaba entre la vida y la muerte. En ese café.
Desée con todas mis fuerzas que todo acabara. Que me muriera o que me salvará, pero no estar en esa incertidumbre.
Me senté ahí, en el piso, y lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Los viejos se sentaron a jugar dominó.
La viejecilla llegó hasta mí.
-No te preocupes -dijo ella, -tú saldrás pronto, o eso creo.
-¿Y ustedes? -sonaba desesperado, -¿Por qué siguen aquí? ¿Qué hacen aquí? Desde hace tiempo los veo... a ellos, jugando, a usted, sirviendo el café. ¡Explíqueme!
La viejecilla torció una sonrisa.
-Yo estoy a cargo de esto, cuido a quiénes todavía no se mueren, pero tampoco están vivos, no son todos los del mundo, por supuesto; son los que me toquen, los que estén cerca -la viejecilla sonaba seria, -ellos, los viejos, han estado aquí largo tiempo porque están en hospitales, pero no mueren.
Entonces sentí unas opresiones en el pecho y comence a ver borroso el lugar y las personas. La viejecilla se despidió con la mano.
Sentí como si algo me tragara, un zumbido estridente retumbó en mis oídos; comencé a ver un torbellino de imágenes.
Y una imagen se detuvo en mis ojos: la cara de un señor con cubreboca. La opresión en el pecho fue más grande. Unas personas que veían la escena sonrieron. Me subieron a la ambulancia. Todo empezaba a tomar sentido.

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Días después caminaba por donde todo sucedió. Una camioneta había perdido el control sobre la avenida y casi choca con un coche pequeño. El coche esquivo el impacto, pero yo no lo hice. La camioneta se estampó contra un árbol, atrás de mí. El árbol frenó un poco la camioneta pero ésta dobló el árbol, que me golpeó fuertemente la nuca y la espalda. La camioneta me pegó muy poco.
Ahora que caminaba por el mismo rumbo, me quedé impresionado; el local de café en realidad era un terreno lleno de escombros y basura.
Y es que, si lo pensaba bien, cada vez que pasaba y observaba al local con los viejos, en realidad había estado al borde de la muerte: un vidrio de una ventana que cayó un poco más adelante de mí; cuando me tropecé y un señor evitó que me golpeara en el suelo... a veces, no prestaba atención realmente a ese terreno: unos días café, otros simples escombros. Sonreí y me sentí muy afortunado; pero ese era mi camino diario y algo en mí me decía que no iba a ser la última vez que viera a la viejecilla que servía el café, que no era la última vez que perdiera la noción de tiempo y espacio.

FIN